El primero de sus cigarros entró en la boquilla. Micah, vestido con traje de corte tan extraño como su corbata y unas horribles deportivas comenzó a colocar los bártulos de su bandolera. Rasgó, cantó, y quedó claro que al igual que el primer Dylan todo lo que tiene de desastre visual lo tiene de genio musical. Eso, y que Mr. Hinson está necesitado de glamour. Lo primero como al de Duluth se lo dará el tiempo, la falta del segundo hizo que el concierto se llenase de paradas para enhebrar y afinar cuerdas que sirvieron a las gracietas yanquis del anfitrión y a un bienvenido “¡Viva la república!” del respetable. Los nuevos temas sonaron a clásicos inmediatos, y a poco que el estudio les respete de metales y vientos edulcorantes el tejano tendrá una trilogía que lo coloca como el trovador del inicio de siglo. Sin la épica de Damien Rice ni la voz de Antony o Wainwright, Micah huele a icono del nuevo country y su biografía a leyenda. El joven de voz vieja apagó el último pito tras dos horas de andar por la vereda eléctrica de Guthrie, Donegan y Cash, y una niña de camisa a cuadros prendía su primer fumable tras una noche de placer.