Poco importaba que su nuevo trabajo, “Strange Peace” (Sub Pop, 17), sea algo más flojo que el anterior. Si Metz tocan en tu ciudad, la asistencia al concierto es obligada. Y es que el trío canadiense en directo, con los amplificadores al 11, nunca falla. Curiosamente empezaron y acabaron el concierto con dos temas incluidos en su anterior trabajo, “II” (Sub Pop, 15). Abrieron fuertes con la frenética “The Swimmer” y se marcharon unos cuarenta minutos después con “Acetate”.

Los de Toronto, a los que habíamos visto previamente en festivales como el Primavera Sound y el BAM, volvían a la capital catalana con Drahla, una banda de Leeds con influencias 90s que acaba de sacar su primera referencia, el EP “Third Article” (Blank Ad, 17). Los británicos fueron de menos a más; sobre todo cuando su cantante, Luciel Brown, cambió el bajo por la guitarra. Su propuesta, primitiva e hipnótica por la repetición, balanceaba entre la psicodelia y el post punk. En otras palabras, sonaron como un intento de Sonic Youth con ecos a las primeras Sleater-Kinney. No estuvo nada mal su aportación, pero están a años luz de sus compañeros de escenario.

Metz se tomaron su tiempo para salir al escenario. No tenían ninguna prisa. Sabían que su concierto sería breve. Sin mediar palabra arrancaron con “The Swimmer” y empalmaron con “Mess of Wires”, la primera de su nuevo disco. La energía que desprendían los canadienses empezaba a contagiar al público que casi llenaba la remozada y ampliada Apolo 2. Con la nirvanera “Spit You Out” la locura se instaló en las primeras fila y cuando atacaron las primeras notas de “Mr Plague” era inevitable pensar en la alargada sombra de Cobain, Novoselic y Grohl. Nunca he podido vivir un concierto de Nirvana en una sala pequeña, pero los niveles de intensidad y salvajismo debían ser muy parecidos.

En el ecuador del concierto colocaron un tema quizá menos conocido pero igualmente efectivo como “Eraser”, publicado en un siete pulgadas como extensión de su segundo disco. Metz, deudores de Nirvana pero también de Shellac y Drive Like Jehu, estaban firmando un concierto intachable, espectacular, con un batería imponente como Hayden Menzies, al que por cierto se le escaparon unas cuantas baquetas. No puede darle mejor y más fuerte. Espectacular. Sus compañeros, las otras piezas de la maquinaria Metz, no son mancos precisamente. Paul Edkins, el cantante y guitarra, se desgallitaba y exprimía su guitarra como un poseso; mientras Chris Slorach creaba un muro de graves adictivo. A diferencia de otras bandas en las que destaca uno u otro, en Metz cada miembro juega un papel fundamental. Y están en muy buena forma. “Drained Lake”, “Headache”,” Raw Materials” y la genial “Cellophane” sonaron del tirón, sin tregua.

Presentado “Strange Peace”, grabado con Steve Albini, el trío más cañero de Sub Pop tiraron de clásicos como “Kicking a Can of Worms”, “Nervous System”, “The Mule” y el citado “Acetate” para rematar su breve pero intenso concierto. Y lo bordaron. Como siempre. Las sonrisas del público, las camisetas empapadas en sudor y la larga cola para acceder a la zona de merchandising daban buena prueba de ello.