Tengo que reconocer que se me hace extremadamente complicado escribir una crónica al uso de un espectáculo que poco tiene que ver con un concierto al uso. Sobre todo, cuando los medios generalistas ya han contado todo lo que había que contar sobre la experiencia colectiva del pasado sábado en una antigua nave abandonada de la mano de Dios. O en Villaverde. Lo mismo da. Así que he decidido contar mi experiencia desde mi yo más egocéntrico. Desde mí para ti que estás leyendo estás líneas.

Comenzaré contextualizando. Asistir a este concierto –o experimento neurocientífico, o experiencia sonora o reunión de flipados, como queráis llamarlo–, de uno de los más grandes músicos contemporáneos de música clásica era ya de por sí una decisión peliaguda. Empezando porque tenía la certeza de que en La N@ve –nombre con el que el Ayuntamiento de Madrid ha bautizado recientemente a la antes desaprovechada fábrica Boetticher– me encontraría con alguien a quien por una serie de razones que no vienen al caso no tenía ganas de ver. O mejor dicho, alguien a quien era mejor no tener delante si quería mantener mi integridad emocional. La cuestión es que si ya de por sí Max Richter es uno de mis artistas fetiche y “Sleep”, una de las obras musicales de este siglo que más han despertado mi curiosidad de musicómano obsesivo, había que añadirle el factor sorpresa. La posibilidad de un encuentro para el que no estaba preparado. En pocas palabras, tenía un lío de cojones.

Las ganas de experimentar aquel plan tan sumamente molón junto a otros 399 curiosos y tras convencerme que era en Villaverde, sobre una esterilla y enfundado en un saco de Decathlon, el sitio en el que yo debía pasar la noche del sábado y no, por ejemplo, de garito en garito de Lavapiés, pudieron con mis inseguridades de treintañero “inmaduro” (The Field Mice elogiarían mi sensibilidad, pero esa es otra historia) y de niñato que prefiere a veces no enfrentarse a las cosas.

Y allí me planté. En el extrarradio madrileño con una esterilla, un cuaderno, un boli, tabaco, el ventolín y poco más. Una vez pasada la primera pantalla (sí, la del encontronazo) fui a instalarme en mi sección de la nave. Me preparé la “cama”, me quité las zapas y me tumbé a esperar que ocurría. A las 22:59, el alemán subió al escenario acompañado de la Max Richter Ensemble, el quinteto de cuerdas que grabó “Sleep” junto al compositor, al que más tarde se le sumaría la soprano Grace Davidson. “Este es un experimento que trata de comprobar cómo interactúa la música con la mente. Nos vemos en el otro lado”. Tras estas palabras, el maestro y el resto de músicos se sentaron en sus respectivas sillas para dar comienzo al “Somnium” (pieza ambient del californiano Robert Rich con una duración de siete horas) del siglo 21.

Lo que siguió hasta que el reloj marcó las 8 de la mañana fue lo más parecido a un ritual místico, casi sagrado. Las primeras notas de “Dream 1” empezaron a sonar propulsadas por la reverberación de la que de pronto costaba distinguir entre una antigua fábrica remodelada y una catedral carolingia. Las repeticiones y la proliferación de acordes menores –ya sabéis, esos que suenan tristes, los bajoneros–, binomio especializada del músico, se iban extendiendo en los 12.500 metros cuadrados sobre los que algunos de los presentes luchaban contra los primeros atisbos de sueño, otros aprovechaban para poner en práctica lo aprendido en sus clases semanal de meditación y Kundalini, y unos pocos se acomodaban en sus nidos de táctel haciendo lo posible por vivir la experiencia desde el subconsciente.

El primer track de la lista de esta “nana para el mundo moderno” –como la ha definido su creador–, avanzaba con una cadencia bajo mínimos, con una alternación de notas, frecuencias y niveles de vibración que probablemente en otro contexto me habría llevado directo a ese otro lado. Pero yo había venido a Villaverde y me había enfrentado a mi indecisión y mis demonios para vivir a tope la verbena snob del mes y por nada del mundo me iba a quedar dormido en la primera canción del concierto (aunque esta durase media hora contada de reloj). Pero al cabo de tres horas, durante las cuales siguieron sonando religiosamente los temas en el orden idéntico del álbum, el sueño me pudo y acabé echando una cabezadita. En plena verbena.

Sabía que dormir era parte de la experiencia, que tanto Richter como el neurocientífico David Eagleman –investigador de fenómenos mentales como la sinestesia o la percepción del tiempo y asesor de “Sleep”– querían que mi subconsciente también fuera testigo de la pericia. Y así fue. No conservo ni el más mínimo recuerdo acerca de lo que soñé en ese periodo de tiempo (¿una hora? ¿dos?), pero sí que fue oír la taciturna y melancólica melodía de alguno de los “Path” y que de pronto me desperté bajo una cúpula en medio de una penumbra azulada con la sensación más bizarra que he sentido jamás con la música. De pronto, sentí en el pecho un nudo de esos que te agarran y no te sueltan. Empecé a pensar en todo lo que había perdido años atrás y al instante rompí a llorar. Como me comentó un amigo, la música de Richter es lo más cercano a la sensación de pérdida (de ahí que fuera el más indicado para poner música a “The Leftovers”). Y así fue. El vacío más cretino se había apoderado de mí al ritmo que se sucedían las notas de violín.

Al cabo de un rato, la emoción me llevó de nuevo al estado grogui. Volví a quedarme dormido a la hora aproximadamente, como gran parte de los que estaban a mi alrededor. Unos solos, otros abrazados, algunos con vaqueros, alguno que otro en pijama. De nuevo, el patrón de “Path” volvió a despertarme, sumergiéndome esta vez en una sensación mucho más agradable y placentera. Para entonces, los primeros rayos del sol ya entraban por las ventanas de La N@ve y tan solo faltaban 20 minutos para el final. La luz azul de la sala se fue tornando rojiza con la claridad del día y en las caras de los asistentes podía verse una sensación de satisfacción (nunca sabremos si por haber aguantado hasta el final de la experiencia o si debido al previo éxtasis espiritual) que duró hasta que acabaron los aplausos. Tan pronto recogí mis cosas, salí a tomar café al patio del recinto. En ese momento supe que Richter no solo me había jodido parte de la noche (yo no había venido aquí a llorar, joder), sino que me ayudó a encontrarme conmigo por unos momentos entre el sueño y la vigilia. Supongo que habrá mucho de psicosomático en todo esto, o de onanismo mental probablemente innecesario, pero la inseguridad con la que había llegado la noche anterior había desaparecido de un plumazo. Desahogado, y aun con la espalda y la columna hechas puré, hasta el café radioactivo que servían en el patio de la nave me acabó sabiendo a gloria.