No sé si algún día se decidirán a escribir una biografía sobre ellos, pero si alguien da el paso, estos galeses van a tener muchas cosas que contar: la desaparición de su amigo y compañero Richey Edwards, el atrevimiento de ir a Cuba a tocar cuando nadie lo hacía, explicar como resistieron a la invasión del brit-pop, y como han logrado tras veinte años de lucha que cada día sean más queridos por el público y respetados por la prensa. Y eso lo han conseguido en base a una fórmula que nunca falla: no ha bajado ni la calidad ni la intensidad de unos discos que son siempre notables, y su directo conserva la frescura de antaño, sumado a la madurez de una banda que aún persigue grabar su obra maestra, el disco definitivo.
Con la excusa de su segundo recopilatorio todavía reciente, han montado una gira en la que dan un repaso exhaustivo a una carrera que es ejemplar. Curiosamente, es de su debut “Generation Terrorists”, del que caen más canciones (empiezan todos sus shows con “Motorcycle Emptiness”), y de muy cerca le sigue “This Is My Truth Tell Me Tours”, el álbum que les dio fama y dinero (también es habitual que cierren con “If You Tolerate This Your Children Will Be Next”). Entre medias, picotean de todas sus referencias hasta ahora, con temas como “Ocean Spray”, “A Design For Life”, “It´s Not War”, “From Despair To Nowhere”, la coreada “You Stole The Sun”, “Motown Junk” -al grito de revolución- o la energía desbocada de “You Love Us” (con guiño a Van Halen), y versiones de “This Is The Day” de The The o “Suicide Is Painless” de Johnny Mandel, el tema de “MASH”. Dos horas exactas, veintitrés canciones, un escenario vestido con árboles y animales que brillan, un trío deslumbrante en actitud e imagen que evoca a The Clash y a otras bandas ya clásicas, entrando por méritos propios en el Olimpo del rock. Y eso que ellos aún no han dicho la última palabra.