Los conciertos de Madonna son como una superproducción hollywoodienseal más puro estilo Michael Bay. Esto es, empiezan y acaban de formaespectacular, pero en su tramo central, poco hay donde hincarles eldiente. Eso es un poco lo que pasó ayer en Barcelona en un excesivo,adictivo y sonado show que fue casi un calco de las paradas españolasde 2008 del Sticky & Sweet Tour. La Ciccone, que volvía a pisarsuelo barcelonés tras nueve años sin hacerlo, es una verdadera bestiaparda sobre un escenario y eso es algo que volvió a demostrar en elEstadi Olímpic Lluís Companys. Es de justicia reconocer que a veceslleva el piloto automático puesto (son ya muchos los conciertos quelleva a cuestas de la gira), pero es tal la condición física de lanorteamericana y tan especial y único el glamour que despide, que haceque le perdones casi todo. Digo casi todo porque el tramo del conciertocon motivos cíngaros no lo salva ni “La isla bonita”, canción másgrande que la vida recauchutada para la ocasión con unos arreglosimposibles que ponen muy difícil su disfrute. En el lado positivo delconcierto, que a pesar de su carácter desigual es una experiencia únicay de obligada visión, agotadora y emocionante a partes iguales,destacar dos puntos. Primero que las canciones del injustamentemaltratado último disco de Madonna brillan con especial fuerza endirecto (para el recuerdo queda una orgiástica “Give It 2 Me”, quesirvió para finalizar el concierto). Segundo, que cuando más convencela ex de Guy Ritchie sobre el escenario es cuando ataca su lado másdescaradamente dance, ya sea cuando convierte el escenario es unaespecie de concurso de baile al más puro estilo “Fama”, donde ella ysus fieles bailarines pierden la cabeza al son de “Into The Groove” o“Holiday”, o cuando sube el volumen y convierte el show en una especiede rave galáctica que tiene su momento más álgido en un “Like A Prayer”inolvidable.