Dejémoslo claro desde el principio. Lo de Madonna ayer en el Palau Sant Jordi fue un golpe de autoridad de los que se recuerdan durante décadas. Un aviso para las Beyoncés, Rihannas y Lady Gagas de turno que deja el listón altísimo; si es que alguien realmente pretende arrebatarle el trono de reina absoluta del pop mainstream.
Entrando a fondo en el concierto, decir que la primera hora del MDNA Tour es uno de los montajes más alucinantes y espectaculares vistos nunca en un macroconcierto de estas características. El inicio del show, que simula una catedral gótica y una iluminación a medio camino entre el “Dracula” de Coppola y las películas de terror de Mario Bava es puro sentido de la maravilla. Esa entrada finalizó con una Madonna saliendo de un confesionario con una ametralladora en ristre para atacar un celebrado “Girl Gone Wild”. Acto seguido momento tarantitiano, con escapadas al gore en las pantallas gigantes de LEDS que presidían el escenario, con la cantante norteamericana haciendo las veces de Uma Thurman en “Kill Bill” mientras interpretaba la poligonera “Gang Bang”. El nivel de violencia y tinieblas siguió con un sorprendente tramo donde el vudú y los zombies fueron los principales protagonistas, mientras sonaba una aplaudidísima “Papa Don’t Preach”.
Tras este arrollador inicio, llegaron los colores y el pop sin cortapisas con “Express Yourself” (en el que hubo un recuerdo y mensajito para Lady Gaga) y “Give Me All Your Luvin’”, con una escenografía alucinante con majorettes y tamborileros en formación suspendidos en el aire.
Tras esta primera hora el concierto se estabilizó, y entró en parámetros más convencionales. Hubo espacio para las batucadas en un “Open Your Heart” más que digno, varios momentos en los que Madonna agarró la guitarra (el mejor un “I’m A Sinner” con un toque hindú donde la norteamericana simulaba estar subida a un tren), y para el delirio fan al atacar clásicos como “Vogue”, “Human Nature”, entre otros.
El último tramo del concierto recuperó la vistosidad de la primera parte. Primero con un orgiástico “Like A Prayer”, en una versión muy fiel al original, con todo un coro de gospel en el escenario y con una negra con vozarrón cantando al final de la canción; y segundo con una festiva “Celebration”, que convirtió el escenario en una discoteca apabullante con un juego de plataformas y proyecciones a lo “Tron” en clave disco y en el que Madonna simuló ser una DJ.
Lejos de palidecer, y tras lo visto ayer, Madonna no da signos de fatiga. En directo la cantante norteamericana canta, baila e interpreta, y a veces hace las tres cosas a la vez. Es un espectáculo pop total. Hace gala de una entrega absoluta, y da igual que sea algo rancia y que tire de tópicos para arengar al público. Y es que, a sus cincuenta y tres  años de edad, parece tener cuerda para rato.