Jueves 6

La primera jornada del Mad Cool venía marcada por una confirmación de última hora: la lluvia. En los exteriores de la Caja Mágica ya se podía observar la estampa que dominaría esta primera jornada: chubasqueros, barros, suelos encharcados y botas. Todo al más puro estilo Glastonbury o, para no irnos tan lejos, BBK. Tras la inquietud lógica del público sobre si Mad Cool se celebraría con normalidad por la tromba de agua, la Organización informó que todo iba adelante según el plan previsto. Las lluvias en realidad sólo condicionaron esa jornada hasta las 20:00 momento en el que la climatología nos dio un respiro y dejó de caer agua hasta el final de la jornada

Los portugueses Plastic People tuvieron el privilegio de arrancar el festival a las 18:30 y confirmaron que nuestro país vecino cuenta con una desconocida cantera de bandas anglófilas bien capaces de hacerle la competencia a los originales. En este caso, con una versión amable y sin pretensiones del indie de guitarras de mediados de los ochenta. Media hora más tarde George Ezra tuvo que sobreponerse al diluvio que azotaba sin clemencia a los incondicionales que se acercaron a verle, y que sólo remitió al final de su actuación. Y lo hizo, pop de fácil digestión y estribillos muy tarareables mediante, además de abundantes referencias amables al público local, como con su muy celebrada “Barcelona”. Sus maneras de crooner aseado que no se complica la vida conectan con un público esencialmente joven.

Warpaint Foto: Maite Nieto

Curiosamente, en el preciso instante en que Warpaint tomaban el escenario Matusalem, la lluvia daba un respiro. Con su amigo Kurt Vile siguiendo atentamente el show desde un lateral del escenario, abrían el concierto con “Heads Up” y algunos problemas de con las voces que se alargaron durante todo el bolo. Por el contrario, la parte instrumental cumplió, suficiente para que el público se dejara llevar y comenzara a bailar con temas como “So Good” o “New Song” (la más coreada). “Vamos a bailar”, decía la guitarrista Theresa Wayman para alentar a un público dispuesto. Ni siquiera el amago de lluvia durante el concierto y el hecho de que alguna de las barras cercanas al escenario estuvieran aún cerradas a esta hora de la tarde frenó las ganas. La ambivalencia climática dejó uno de los momentos más bonitos del concierto, cuando en plena interpretación de “Beetles” comenzó a salir el sol y sus rayos enfocaban directos al escenario, haciendo que la cantante Emily Kokal se dirigiera a la luminosa estrella para cantar (y pedirle) eso de: “I Wanna Melt The Knot Inside Of It”.

Con lo desangelada que se puso la tarde, el escenario MondoSonoro (el único cubierto de los cinco que ofrecía el festival) era una apuesta ganadora, y Neuman aprovecharon las circunstancias, con un set sólido con el que recorrieron su ya larga trayectoria. El curtido trío murciano desplegó sus virtudes anglófilas y shoegaze, presentando su inminente nuevo álbum, “Crashpad”, el cuarto ya de su carrera: melodías vocales hipnóticas y (sin abusar de ello), las excelentes prestaciones a la guitarra de Paco Román.

En un festival dominado por las bandas anglosajonas el concierto de Quique González supuso un acto de justicia para uno de nuestros músicos nacionales más trabajadores. Ver el escenario Radio Station (el mismo por el que después pasaría M.I.A. o su admirado Ryan Adams), lleno hasta la bandera con unos pesos pesados como Foals tocando a quinientos metros fue un motivo de alegría para González y sus detectives, que aprovecharon la circunstancia para registrar una actuación que verá la luz próximamente en dvd.

Tras una desconcertante búsqueda entre la gente que iba entrando y los puestos de comida, volvimos al escenario MondoSonoro para asistir al concierto de Joseph . El trío de Portland se convertía en alternativa a los conciertos de Foals y Quique González. Con disco publicado el año pasado en ATO/[PIAS], desplegaron su sonido folk-pop que plantea una alternativa con voces femeninas al clasicismo de Crosby, Still & Nash. Las tres voces se acoplaban en armonía creando un ambiente acogedor que convenció al reducido público.

Foals Foto: Maite Nieto

Decíamos que en ese mismo instante Foals afrontaban su actuación en uno de los dos escenarios principales. Los de Oxford son la quintaesencia de esas bandas británicas de los últimos años que quieren agradar a todo el mundo desde ciertos presupuestos “indies”, palabra que en realidad no tiene ya nada que ver con lo que significó originalmente en los ochenta. Lastrados por muchos de los tics que aquejan a compañeros de generación, el set de pop rítmico y musculoso de los de Oxford, bastante lejos ya de sus inicios influidos por el math-rock, se hizo anodino hasta que remontó al final, cuando recurrieron a la parte más aguerrida de su repertorio, como la progresiva “What Went Down” de su último disco. Algo similar le sucede a The Lumineers, versión descafeinada y blandita de la gran tradición de folk-rock norteamericano, que sin embargo conectó sin problemas con el público desde el escenario grande, antes del plato fuerte de la jornada.

El plato fuerte del jueves eran, claro está, Foo Fighters. Dave Grohl y compañía, que hacía cinco largos años que no pasaban por Madrid, se resarcieron ante un público masivo e internacional -sorprendente la cantidad de británicos que vinieron a verles en expreso con camisetas y banderas, muestra de su extraordinario tirón-. Nada más salir al escenario, quedaría claro por qué. El sexteto (incluyendo teclista) de Seattle ejerció de inapelable apisonadora del rock intergeneracional. En todos estos años, la banda liderada por Grohl ha tendido puentes sin disimulo ni complejos entre el rock alternativo arisco y eléctrico de los noventa y clásicos más o menos respetados, de Pixies y compañía a los Beatles a Tom Petty o Black Sabbath, Santana (¡sí, Santana!: en el largo desarrollo de “Rope”), los Stones, AC/DC o Chuck Berry: la deconstrucción de “The Pretender” hasta el “duckwalk” que se marcó Grohl emulando al desaparecido abuelo del rock and roll fue de lo mejor de una velada que no decayó en ningún momento. La jugada de conciliar ambos mundos (clasicismo mainstream y espíritu alternativo) sale redonda, porque hasta su repertorio más accesible o casi melifluo (“Learn To Fly”, “Times Like These” o la joyita de su primer disco “Big Me”), encaja sin problema alguno entre recios misiles de energía pura como “All My Life”, “One By One”, “My Hero”, “This is a Call” o la recién estrenada “Run”, del disco que sacan en septiembre. En realidad, y como no podía ser de otra forma, la actuación funcionó como festivo repaso celebratorio de sus hits (empezar con “Everlong” y “Monkey Wrench” no dejaba dudas), con alguna parada en material algo menos obvio, como la oblicua “Skin and Bones” o “Something From Nothing”, del discreto “Sonic Highways”, hasta desembocar en el apoteósico final de “Best Of You”, con miles de gargantas coreando el fraseo vocal (lo del coreo de riffs de guitarra y breaks de batería lo llevo francamente peor, lo siento). Aunque durante las primeras canciones faltó mucho volumen de PA -problemas técnicos relacionados con la tromba de agua que había caído-, una vez se solventó el asunto la secuencia de hits fue incontestable, como lo es el engrase y química de la banda y la entrega de un Grohl a pleno rendimiento vocal, capaz de pasar al susurro controlado y melódico al alarido más asilvestrado y al que, como jefe incontestable del cotarro, se perdonan sus largas peroratas introductorias entre canciones. Por cierto, ganó la apuesta que lanzó al respetable: no se dejó la voz en las dos horas y veinte minutos de un show arrollador. Todo un animal escénico.

Foo Fighters Foto: Alfredo Arias

La alternativa que Mad Cool planteó desde el escenario Matusalem al tirón popular de Foo Fighters fue doble: por un lado la actuación entre amigos de Jagwar Ma. Sin demasiado complejos el trío australiano se presentó en el festival como una suerte de EMF con bajos gruesos y similares ganas de juerga. Lo que no es poco. En realidad en lo musical toda su propuesta se remite a unas bases tan sencillas como resultonas; el resto, el bailoteo constante de su bajista y la cháchara madchesteriana de Gabriel Winterfield es puro atrezzo. Con todo y con ello fue una alternativa más que digna y entretenida para los pocos que no nos interesamos por el grande-rock de Dave Grohl y los suyos. A Jagwar Ma le dieron el relevo unos Belle & Sebastian que se encontraron con mucho más público y ofrecieron una enérgica actuación, con Stuart Murdoch en modo saltimbanqui, invitando a las chicas de las primeras filas a subir y que apoyándose en sus visuales fue desgranando temas de toda su carrera.

“Gracias a los Foo Fighters por abrir para nosotros”, decía un irónico Kurt Vile a su salida al escenario. El ex The War On Drugs le tocaba bailar con la más fea: por un lado la hora no parecía la más apropiaba para su música y por otro tomaba el testigo después del arrollador espectáculo de Dave Grohl y compañía. No obstante, como el cigarro después del sexo, Kurt Vile y su talentosa banda aportaron esa relajación placentera tras la adrenalina. A través de un repertorio dominado por su último disco, “b´lieve I´m goin down…”, fueron desplegando su característico folk-rock ante un público creciente que se iba acumulando alrededor del escenario. Todo salvo el espacio VIP situado a la izquierda del escenario, una de las novedades de esta edición que al menos en este concierto se quedó prácticamente vacía. En total, alrededor de una hora donde las composiciones se sobrepusieron a la frialdad y timidez del propio Kurt Vile.

Kurt Vile Foto: Alfredo Arias

Y puede que a las dos de la mañana lo que el cuerpo pida sea movimiento pero cuando un grupo como Trentemøller toma el escenario, las reglas del juego cambian. Las melodías del proyecto liderado por Anders Trentemøller crearon una atmósfera ensoñadora, de esa que te apetece cerrar los ojos y dejarte llevar. Su sonido mezcla de la electrónica oscura y post punk se sucedía a base de temas de su último trabajo como “November” y “One Open Eye”, y canciones con más trayectoria como “Shades Of Marble”. El penetrante golpe de bajo marcaba el paso mientras Marie Fisker expandía su talentosa voz. Todo ello mientras en el fondo se proyectaba en blanco y negro un líquido denso, viscoso, que se mezclaba lentamente. Delicadeza, fuerza y oscuridad. Uno de los mejores conciertos de la jornada.

Trentemøller Foto: Alfredo Arias
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