El pasado 14 de septiembre, el pianista Ludovico Einaudi volvía a Madrid siguiendo la ruta marcada por la gira de presentación de su último trabajo: Elements (Decca Records, 2015). Pese a estar enmarcado dentro del minimalismo junto a artistas coetáneos como Philip Glass o Michael Nyman, al italiano no se le puede considerar un pianista al uso. Su popularidad en los últimos años ha crecido de manera desmesurada, sobrepasando la audiencia de la música clásica hasta alcanzar llamar la atención del público generalista. La aparición de alguna de sus obras más famosas en anuncios y, sobretodo, sus trabajos en películas como This Is England o Intocable han convertido a Ludovico Einaudi en una popstar, con sus ventajas y sus (notables) inconvenientes.

Acorde con esta subida de popularidad, el concierto pasó de celebrarse en un recinto como el Teatro Real (lugar que acogió su visita del año pasado) a llevarse a cabo en el Palacio de Vistalegre, cuya programación va desde The Scorpions a The National. Ya en los aledaños del lugar uno tenía la sensación de ir a ver a una estrella del rock: enormes e interminables colas que rodeaban al recinto evidenciaban el aforo completo. Unas colas que seguían incluso a las 21:30, hora a la que estaba previsto empezar el concierto. Un retraso que entendemos que está motivado por las estrictas medidas de seguridad que un evento de estas características debe cumplir en los últimos tiempos.

Lo que resulta más difícil de justificar es la malísima organización una vez dentro del Palacio. Debido a que en un principio el concierto iba a ser en Las Ventas, la gente se encontró con que sus asientos habían desaparecido con el cambio. Los números de asientos y filas que aparecían en la entrada ya no existían o estaban cambiados y para colmo las personas de la organización estaban desbordadas sin saber muy bien qué hacer, lo que provocó un auténtico caos: gente discutiendo a viva voz por un sitio decente, personas sentadas en las escaleras, las redes sociales echando humo, quien escribe estas palabras tuvo que preguntar hasta a cuatro personas para encontrar el asiento destinado a la prensa…. Y para colmo el concierto empezaba con 45 minutos de retraso.

Pero como bien dice el dicho: “La música amansa a las fieras”. Fue salir Ludovico y su banda al escenario, y los silbidos y las malas caras se tornaron en aplausos. La solemne Petricor fue la canción encargada de abrir el concierto. La sección de cuerda se compenetraba al piano con tal delicadeza que consiguió hacer olvidar la hostilidad que minutos antes se respiraba en el mismo lugar que ahora embellecía. The Tower era introducida por el post-rockiano punteo de la guitarra eléctrica y nos recordaba el peculiar gusto de Einaudi por rodearse de músicos e instrumentos pertenecientes a otras disciplinas. Para esta ocasión contaba con guitarra, bajo, percusión, sintetizador y la ya mencionada sección de cuerda.

Las íntimas y obsesivas melodías como Newton’s Cradle o Elements se iban sucediendo conforme a espaldas del grupo se iban proyectando unas cuidadas figuras y formas conceptuales que convertían el concierto en una experiencia.

Tras tres cuartos de hora, la banda abandona el escenario para dejar solo al pianista y deleitarnos con unos deliciosos instantes donde encadenaría Berlin Song con las famosísimas Nuvole Bianche y Una Mattina, provocando una fuerte ovación de aplausos y algún que otro “¡Vamos!” fuera de lugar pero acorde con el ambiente que se respiraba en el concierto. El mismo ambiente que no permitió deleitarnos con ese instante en el que Ludovico mano a mano con el piano era iluminado en la absoluta oscuridad pues los innumerables e irrespetuosos móviles y sus flashes, que parecían faros, fueron capaces de destrozar esa instantánea. Había más luces entre el público que sobre el escenario. Absurdo.

La banda volvía al escenario para encarar el arreón final con esa joya llena de épica y emoción titulada Divenire. Ese intercambio de golpes entre la tranquilidad y la grandeza que caracteriza a la canción fue capaz de estremecer a cada uno de los presentes. Todo ello traducido en la mayor ovación de la noche. Bajo un fondo rojo incendiario, el pianista y compañía interpretaban posteriormente Eros, seguido de temas como Numbers o Experience, la encargada de cerrar el concierto antes del bis. Su regreso a escena trajo unos de los momentos más emotivos de la noche cuando de los dedos del italiano comenzó a salir las primeras notas de Fuori Dal Mondo y las cuerdas terminaron por hacernos recordar las desventuras de aquellos skinheads provocando que la emoción se hiciera visible en los ojos vidriosos de más de uno y de dos.

Finalmente, tras más de dos horas Ludovico Einaudi junto a su banda se inclinaban para agradecer los aplausos del respetable y cerrar así un concierto en el que el artista italiano – al igual que muchos de los presentes- tuvo que luchar contra las consecuencias de su creciente popularidad.