Qué placer entrar a un espacio y que el tiempo quede como en suspensión. Percibir aquello de la Relatividad y que el espacio-tiempo se curve al remolón tempo que marca Low, icono del slowcore. Los americanos mezclaron hits con canciones de su último disco: “Ones And Sixes”. Qué placentero aturdimiento a base de concreción y repetición. Si uno decide rendirse -a su preciosismo, a su soft rock de cámara- pasa hora y media envuelto en un mantra. Con baterías que son sólo tintineo, punteos eléctricos que percuten -puro lamento- y un piano limpio y profundo. Aunque nada más profundo que la voz de Mimi Parker, que proviene del mismísimo centro de la Tierra. Como si escondiese un órgano de iglesia en la caja torácica, resulta impactante cómo aguanta intensidad y timbre en el tiempo. Todo el show fue notable, difícil destacar una canción. Aunque la que terminó de arrebatar a este cronista fue la menos característica del setlist, la menos Low de Low, la sobrecogedora -por convencional- “Holy Ghost”. Qué bofetón con la mano abierta. Y de pronto hay que salir a la calle, lástima, donde el espacio-tiempo se endereza y la vida va a toda hostia.