En caliente, sólo unos minutos después de que Low se despidiese, diría que el suyo ha sido uno de los conciertos del año, pero quizá sea mejor dejar pasar un tiempo prudencial, con la coartada del sueño, para amortiguar el golpe, hacer balance y ver las cosas con cierta perspectiva. Pero sí: unas horas más tarde, la actuación de los de Duluth ha ganado aún más enteros en el apartado emocional. Durante casi una hora y media, su música tuvo ese efecto que rara vez se consigue: el de vaciarte por dentro y a la vez sentirte lleno. Una sensación extraña en la que densidad y armonía viajan de la mano: la profundidad de Alan Sparhawk y el susurro hipnótico de Mimi Parker; la austeridad, el valor del silencio, un sonido sin artificios. Tanto con tan poco. La tensión se mantiene inalterable: es el drama de sus temas, pero también el encanto, con “Drums And Guns”, su último disco, como elemento clave en el repertorio de esta noche (y brillando especialmente en momentos como “Hatchet” o “Sandinista”), aunque también se reservaron numerosos guiños al pasado, incluyendo una canción de Navidad, subrayando que esto está pasando aquí y ahora, en este mes de diciembre que acaba de empezar, porque su música es tan terrenal que a veces parece estar en otra dimensión. Y así, el trío de Minnesota deja el escenario para volver pronto con un bis de antología, escuchando las peticiones de un público ensimismado, encadenando “Dinosaur Act”, “Canada”, “Sunflower” y “Two Step” (y estos sí han sido personalmente los mejores minutos en directo de este año, sin ninguna duda), en el mejor final posible para un concierto de auténtica magia. (Antes tocó The Secret Society: Pepo Márquez abriendo la velada con los temas de su segundo álbum, “I Am Becoming What I Hate The Most”, con la honestidad que acostumbra y con la ventaja de que en buena parte ya los había ido rodando en directo en los últimos meses; lo mejor es que supo a poco y que merecería unas líneas más, pero por esta vez está claro que no sería justo robárselas a Low).