Low no son presa de una creatividad desmedida, sino más bien de una honestidad brutal. Por eso nadie mejor que ellos para acompañarte cuando eres un bebé y estás en la cuna, cuando recibes tu primer gran desengaño amoroso o llevas vividos ochenta años. Por eso no hay etiqueta que pueda abarcarles en toda su amplitud. Porque la suya es una propuesta que solamente resulta creíble en sus manos y gracias a textos tan demoledores como los de “I Remember”, “Over The Ocean” o “Stay”. Y es que, aunque parezca mentira, a estas alturas todavía encontramos bandas resueltas a cruzar el río de la atemporalidad a través del puente de la razón, ahogando por el camino ingredientes esenciales para llegar al otro extremo, entre ellos la intuición. De todo esto saben mucho los de Minnesota. Y también de humildad y naturalidad, términos que se palpan a través de todos y cada uno de los poros de su música. En directo sucede otro tanto, y la actuación ofrecida en el Café La Danse no fue una excepción. Sólo observar la parquedad de instrumentación sobre el escenario daba escalofríos. Pese a esto, o precisamente por ello, el sonido resultó ser excelente, con una densidad propia de las primeras grabaciones del grupo con Kramer. Con estas condiciones acústicas, y sin más orden preestablecido para las canciones que el dictaminado por los allí presentes (el público), Alan, Zak y Mimi repasaron, durante hora y media, algunas de esas piedras preciosas que conforman un cancionero ciertamente arrebatador, entre ellas las más representativas de su último trabajo “Things We Lost In The Fire” (Tugboat/Everlasting, 01), casi sin despeinarse. Y fueron precisamente las canciones las que les colocaron de nuevo en el lugar que merecen: muy alto