Lou Reed aterrizó este
fin de semana en Palma rodeado de todo su séquito, y los
mallorquines tuvimos que hacer hueco, porque la isla es pequeña y la
excentricidad ocupa mucho sitio. Vacunada contra las tribulaciones
del famoseo estival, Mallorca detecta de inmediato la impostura de la
genialidad. Versionado hasta la
saciedad, cualquier grupo rock que se precie tiene su personal
versión de “heroine”. Todos quieren ser Lou Reed, todos menos
él, empeñado en continuar en la órbita de la creación, en un
ejercicio de humanismo yanqui que le lleva a subirse al tren de
cualquier disciplina artística con tal de esquivar su propia
leyenda. Para olvidarse de sí mismo Reed ha desplegado en Mallorca
sus dotes de fotógrafo, documentalista comprometido, músico
liberado y crispador genial de multitudes. Muchos años antes que
Reed, John Cage ya adivinó que el silencio experimental era mucho
más agradecido que el ruido experimental, con lo cual nos regaló
una partitura silenciosa y con eso nos hizo un favor a todos. Sin
embargo en los años 70 Reed también tentado por la experimentación
se decantó por el lado salvaje y se le ocurrió un atrevido monstruo
sonoro, que bajo en nobre de “Metal Machine Trio” casi termina
con su propia discográfica y con él detrás. Ahora, liberado de las
ataduras del mercado, Reed nos devuelve, dentro del marco del
festival “Alternatilla” esa perla setentera y ayer nos la sirvió
en toda su brutalidad en el Teatro Principal de Palma ante la mirada
atónita de un aforo que, a cuentagotas y tímidamente, iba
abandonando los palcos. No contento con su faceta musical, Reed, aún
sabiendo que él mismo es su mejor foto, ha dejado testimonio de sus
virtudes como fotógrafo, en una exposición de 23 imágenes de
paisajes en el museo contemporáneo Es Baluard, logrando así
completar su particular colonialismo cultural en la isla de la calma.
Un día perfecto en Mallorca para un mito tan poco interesado en su
público como en los formalismos y la educación europea.