Faltan pocos minutos para la misa. Juan Ramón Rodríguez, ‘Jota’, disfruta del ejercicio vaporoso y épico de Karen Koltrane: sus teloneros. El cantante de Los Planetas, sin tener mucha fama de ello, está dicharachero y reparte ‘selfies’ con los asistentes. Así como el nuevo disco de la banda granadina, “Zona temporalmente autónoma” (2017), el líder del grupo parece vivir un momento dulce. Él y su camarilla han encontrado la puerta por la que salir de su propio universo flamenco-rock; una fortaleza de la que sólo ellos tenían la llave, de la que han hecho uso cuando han sentido claustrofobia. No sin antes pasar por un periodo de búsqueda y maldición, como revela “Una ópera egipcia” (2010).

Sea por esta teoría barata o por la conexión emocional que Los Planetas vive con la Sala Apolo (hace dos años también zarandearon al público como pocos son capaces), el grupo se deshizo en Barcelona de todo cuanto tiene. Repartió los tesoros del faraón entre los asistentes, que acogieron la amabilidad con vítores (y con un ‘sold out’ sin paliativos). Los Planetas siguieron su sendero habitual: progresión pura, de la psicodelia al rock noventero. Añadiendo a ello un setlist con el que no encuentran competidor.

Los nuevos temas culebrearon con tino entre sus clásicos. Y, a medida que los teclados y la batería cuadraron como en el mejor de los planes premeditados, la noche entró en modo crucero. Pero cuando parecía que nada podía llegar más alto, tras “Santos que yo te pinté” o “Ya no me asomo a la reja”, con la voz de Jota todo lo engrasada que se puede esperar (tal vez tapada, por suerte, por los berridos emocionales del público), se produjo el cataclismo: “Islamabad”. Esta suerte de himno intergeneracional –nace de una reinterpretación de “Ready pa’ morir” de Pxxr Gvng– ha sacudido de forma transversal a público y crítica desde finales de febrero. Y el directo nos explicó el porqué.

Las luces se tornaron tenues. La camisa blanca, de comunión, que lucía Jota contrastaba con el atuendo de luto de Yung Beef (ex Pxxr Gvng y ahora Los Santos), del que sólo destacaba de vez en cuando un diminuto redondel incandescente: un canuto que se esforzaba en encender entre verso y verso. Pese a un inicio algo torpe (Yung Beef sin vocoder, sí), la canción fue creciendo a lo largo de casi diez minutos hasta terminar con el ‘esmayaíco’ agitando sus brazos con fuerza y clamando sus versos con desesperación. A tumba abierta. Los Planetas y Yung Beef hicieron de una anécdota algo para recordar. El bolo había acabado, pese a que luego vendrían “Buen día”, “Pesadilla en el parque de atracciones” o “Reunión en la cumbre”. Menudo tiempazo de la basura.