Había cierta expectación sobre cómo sería el bautismo del conocido festival estadounidense por tierras europeas. Si en Estados Unidos encontró hace ya una década residencia fija en Chicago, el festival ideado en los noventa por Perry Farrell lleva años trabajando en ampliar fronteras. Y asentados en tierras sudamericanas en los últimos años, tanto en Chile como en Brasil, le llegaba el turno a Europa, siendo Berlín la ciudad afortunada.
Los conciertos han tenido lugar en el antiguo aeropuerto de Tempelhoff, cerrado al tráfico aéreo desde 2008 y reconvertido en parque para uso y disfrute de los berlineses. Era imponente ver cómo el edificio de la terminal presidía la mayoría de los conciertos, con muchos de sus carteles y señalizaciones tal cual quedaron el día del cese de su actividad.
Con un rotundo sold out desde hace días (55.000 entradas vendidas para cada día según la organización), sólo quedaba comprobar si el eclecticismo planteado por los organizadores en el cartel, iba a funcionar también en los escenarios. Y no sólo por la evidente mezcla de estilos, sino también por la fuerte presencia de bandas locales compitiendo en escenarios y horarios principales con los reclamos anglosajones.

Arrancamos con unos Hot Chip a los que ni el horario ni el escenario les favorecieron. Fue una constante para casi todas las bandas que pasaron por ahí, pero el escenario Alternative, el tercero en tamaño, tuvo un claro problema de volumen durante todo el festival. Y el público parecía estar desperezándose, y no llegó a conectar en ningún momento con el electropop de los británicos. Ni con sus principales hits, ni con un cover del “Dancing In The Dark” de Bruce Springsteen, consiguieron cambiar las tornas, y la audiencia se les fue escapando poco a poco en dirección al escenario donde estaban a punto de arrancar FFS. Apartados de su habitual lugar de honor en los festivales internacionales, los escoceses Franz Ferdinand demostraron estar cómodos en su nuevo rol, y sobre todo sentirse muy felices con sus nuevos compañeros de viaje. Kapranos y Rusell Mael cantan estupendamente, tanto por separado como conjuntamente, y musicalmente las canciones de unos y otros (y las propias de FFS como “Piss Off”) funcionan muy bien en el escenario. La gran mayoría de los asistentes probablemente no conocían la discografía de Sparks, ni les habían visto en directo (me incluyo), y por eso fue muy sintomático que apenas se notara que el repertorio de Franz Ferdinand quedase reducido a “Do You Wanna”, “Take Me Out”, “Michael” y poco más. Y es que los hermanos Mael compitieron de igual a igual con sus jóvenes amigos escoceses.

Bastille desgranó casi en su totalidad el famoso “Bad Blood”, pero se echó de menos una propuesta algo más novedosa por su parte. “Laura Palmer” o “Pompeii”, con la que cerraron su hora de concierto siguen funcionando muy bien en directo, pero parece que ha llegado el momento de pedirles algo más. Deichkind fue una de las apuestas fuertes del día en lo que a artistas locales se refiere. Son casi tan famosos por su puesta en escena, una suerte de cruce entre Kraftwerk y Devo, como por su hip hop y sus letras cargadas de acidez e ironía, como nos intentaban explicar unos entregados berlineses que no dejaron de jalear cada efecto de luz o cada nuevo disfraz utilizado por los de Hamburgo.

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Y ya completamente de noche (por fin), asomaron en el dichoso escenario Alternative los esperados The Libertines. Eran uno de los grandes reclamos del festival, pero curiosamente fueron programados fuera de los escenarios principales. Y lo cierto es que el concierto resultó bastante decepcionante. Ya sabemos que sus conciertos normalmente carecen de ritmo, con eternas pausas entre canción y canción, y su comunicación con el público es entre inconexa e inexistente. Pero su gira del año pasado nos devolvió unos Libertines más tensos y solventes. Desgraciadamente en el sábado berlinés volvieron a las andadas. La presentación de los nuevos temas quedo reducida a apenas cuatro canciones encuadradas casi todas en el arranque del repertorio, y temas como “Can’t Stand Me Now”, “Boys On The Band”, “Up The Bracket” o “Time For Heroes” apenas cambiaron el paso de un concierto condenado al olvido.
El domingo lo arrancamos al mediodía con el concierto de Wolf Alice, recién aterrizados del Dcode madrileño. Los londinenses casi repitieron el horario y el repertorio del día anterior, con una Ellie Roswell siempre cautivadora, tanto en los momentos más garajeros como en los tiempos medios. Cerraron enlazando “Bros”, “Giant Peach” y “Moaning Lisa Smile”, dejando un estupendo sabor de boca.
Stereophonics, de negro riguroso, soportaron durante su hora de actuación un sol de justicia. Pese a ello, ocuparon con solvencia el escenario principal del festival, y dieron alguna pincelada de su recién estrenado “Keep The Village Alive”. Los temas más recientes mezclaron bien con hits como “Dakota” o el clásico “Maybe Tomorrow”, muy celebrados por el respetable.

My Morning Jacket dieron uno de los conciertos del festival. Gracias a que su actuación no se solapó con la de ningún otro artista en los escenarios principales, su sonido llegó nítido a zonas del recinto imposibles para otros grupos. Miraras donde miraras había grupos de gente sentada escuchando el despliegue guitarrero de Jim James y su banda. Y ellos a lo suyo, en estado de gracia casi permanente, sin más adorno que sus canciones, y abusando menos de la psicodelia que en ocasiones anteriores (aun así el propio James dejó una de las imágenes del día, oculto por una toalla en la cabeza y jugando con los efectos de sonido). Su reciente largo “The Waterfall” copó el arranque y la mitad de su actuación, dejando para el final “Victory Dance” o “One Big Holiday”, con las que seguro que reclutaron un buen número de nuevos fans.

De ahí saltamos a ver a Crystal Fighters, que no tuvieron su mejor día. Llegaron con retraso al recinto tras su paso por el Dcode, por lo que empezaron casi una hora más tarde de lo previsto. El arranque fue algo frío, y debido al cambio de hora, tuvieron que pelear durante toda la actuación con el atronador sonido del escenario vecino, donde Beatsteaks abusaban de los decibelios. Y aunque acabaron por poner a bailar a todos los asistentes, la sensación fue de ocasión perdida.
Hablando del Dcode, y aunque Sam Smith no entraba en nuestra agenda, nos acercamos a ver cómo estaba de su infección de garganta el premiadísimo británico. Y lo cierto es que no parecía necesitar ayuda para defender sus canciones o atreverse con algún medley versionando temas clásicos del soul. Ver para creer.

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Las cuestiones médicas quedaron en el olvido rápidamente en cuanto nos metimos de lleno en el recital de Seed, el inclasificable combo alemán. Para neófitos en la materia como un servidor, pero sobre todo para la masa que se agolpaba frente al escenario, presentaron su mezcla de reggae, hip-hop y rap de forma directa, sin concesiones, conectando con la audiencia más animosa del festival. Justificaron con creces la hora y media de actuación que le habían reservado los organizadores.

Y llegando al final del festival, nos enfrentábamos al dilema de elegir entre Muse o Tame Impala. Reconozco que mientras esperaba a que salieran Matt Bellamy y los suyos, me asaltaban los remordimientos por perderme a los australianos defendiendo el exquisito “Currents”, pero para un cierre de festival, los británicos son garantía de éxito. De largo fue el concierto que más público congregó, y lo cierto es que a la banda se la vio disfrutar en todo momento. Se presentaron desprovistos de muchos de los efectos escénicos que suelen apoyar sus giras, y no abusaron del confetti o de los hinchables como les hemos podido ver en otras ocasiones, y el soporte audiovisual en este caso sumó y no saturó. Así, pudimos ver como el peso del concierto lo llevaban esta vez un Dominic Howard totalmente incendiario a la batería, y sobre todo una secuencia de riffs sin descanso por parte de Bellamy que mantuvieron la intensidad del concierto en máximos en todo momento. Fue un feliz reencuentro con los temas más rockeros de la banda como “Plug In Baby”, “Hysteria” o “Stockholm Syndrome”.

Cuando abandonamos el festival, la organización confirmaba las fechas de la segunda edición en 2016, y se disparaban los rumores de la extensión de la franquicia a más ciudades en los próximos años. Larga vida a Lollapalooza.