El festival americano Lollapalooza celebraba los pasados días 9 y 10 de septiembre su tercera edición-franquicia en Berlín. Tras su paso por el Aeropuerto de Tempelhof y Treptower Park, el enclave escogido para este año era el Hipódromo Hoppegarten a las afueras de la ciudad. Un recinto de grandes dimensiones, acorde a la magnitud de un festival que, sin grandes alardes, cuidaba todos los detalles para una experiencia notable. Eso sí, con un plantel musical sobresaliente.

El buen rollo de SAINT WKND daba el pistoletazo de salida a una primera jornada de festival con el cielo encapotado. Pero el día gris y el chirimiri incesante que amenaza con verdadera lluvia no frenaron las ganas de disfrutar de un público que fue llenando el recinto de forma constante desde primera hora. El cuidado directo de pop-electrónico de Roosevelt entretenía al soberano, que disfrutó sobretodo de los hits más conocidos como Moving On, pero tuvo que llegar Bomba Estéreo –el “vacile tropical, en sus propias palabras– con sus ritmos de fusión caribeña y su reciente Ayo para volverlo completamente loco. Más de uno aprovechó para mostrar ese movimiento sexy de cadera aprendido este verano en Magaluf.

La amplísima oferta gastronómica, para todos los gustos y credos, obligaba a pasar más tiempo analizando las decenas de puestos e intentando tomar una decisión acertada que devorando sus manjares. Pese a la cantidad de opciones, nada evitaba que esperases una cola de más diez minutos en cada puesto… un tiempo muy preciado en el desarrollo de un festival. Y como apunte, cobraban 1€ de tarifa cada vez que recargabas la pulsera cashless, por lo que si vais es recomendable intentar calcular lo que gastar a la primera y pasar lo menos posible por caja. La tarde transcurrió entre carreras y decisiones difíciles –Bear’s Den o Alex Vargas, George Ezra o The Vaccines– hasta dar paso a la noche. El dúo sueco Galantis demostraba que su electrónica de radiofórmula cumple con creces también en directo poco antes de que diera comienzo el principal cabeza de cartel del sábado. Mumford & Sons aparecía en escena con su estilo folk-rock alternativo, evangelizador, que hizo enloquecer a sus parroquianos y pronto nos plantó una sonrisa en la cara. Comenzaron con Snake Eyes y continuaron con Little Lion Man, abriendo apetito para disfrutar del que sería un concierto repleto de emociones (vimos algún que otro lloro entre el público). Para sorpresa de todos, apareció en el escenario Baaba Maal para poner su grano de arena en Wona y Si Tu Veux justo antes de que sonara el famoso The Cave, o el ultimísimo There Will Be Time precedido de otro himno como I Will Wait. Sin lugar a dudas, hizo que el concierto adquiriese más magia, dado el atardecer del momento y esas melodías que te elevaban más allá del recinto.

De vuelta al Perry’s Stage, ahí sí que hubo sorpresa. A menos que Marshmello haya cambiado su dulce máscara por un combo de gorra y sonrisa pícara –y su bass music por un sonido a caballo entre el acid y el electro más potente y corrosivo–, el que había a los platos no era él. La baja del misterioso artista dejaba como flamante invitado de última hora a un Boys Noize que, aun jugando en casa, sabía que tenía que ganarse pronto a un público que no le esperaba. El alemán no se dejó nada en el tintero, subiendo el ritmo de forma frenética hasta límites insospechados. Seguro que alguna pierna aún tiembla recordándole. “Oh my god mayday!”

Two Door Cinema Club –difícil reconocer en primera instancia a un Alex Trimble rapado–, con un tono menos de volumen y un directo con el que llevan girando más de un año –que ya no sorprende pero sigue funcionando a la perfección–, ponían con What You Know el aparente punto final a una notable primera jornada. Aparente porque aún tocó permanecer largo rato en el recinto, con grandes aglomeraciones para coger el tren o los buses lanzadera que nos devolvieran a Berlín. La paciencia y educación alemana, así como el control de la marea humana por parte de la organización como si de una esclusa se tratase, evitaron males mayores que larguísimas esperas de hasta más de una hora.

Llegando en tren a Hoppegarten –disfrutando improvisaciones callejeras, viendo Berghain en la distancia por la ventana y recordando a Paul Kalkbrenner en cada estación– uno nota la palpable importancia de la música electrónica en Berlín. Y es que en una ciudad de peregrinación para todos los clubbers del viejo continente, la música electrónica es mucho más. Es cultura. Es culto. Algo que se hizo muy patente durante el domingo de festival, con familias enteras, varias generaciones de pequeños y mayores, bailando al son noventero –desfasado y eterno– que marcaba una leyenda local como Westbam desde un Perry’s Stage que se le quedó pequeño. Larga vida al espíritu que vio nacer las Love Parade.

Rudimental, contando con la banda al completo y una invitada especial –Anne-Marie, a la que lanzaron a la fama y que actuaba poco antes– demostraron el porqué de su éxito con un directo muy ameno y bailable que despertó del letargo a un inmóvil público germano con melodías drum & bass y preciosas vocales hasta el cierre con su último single Sun Comes Up. Y sí, el sol reinaba en los cielos… algo impensable el día anterior.

Un Thomas Jack más sólido, que parece haber dejado atrás ese tropical house tan kitsch, seguido de un Kungs más flojo y un Oliver Heldens muy activo en cabina –con cambios rápidos y multitud de mashups– pusieron el punto más housero al escenario electrónico del festival. Entre tanto, al otro lado del vasto recinto –que se tardaba en cruzar más de quince minutos a buen paso– London Grammar ofrecía una de las mejores actuaciones del fin de semana. Si ya el primer flechazo con Hey Now podría servir para convencer a cualquier ateo de que el chorro voz de Hannah Reid es un talento divino, el resto del último concierto de su tour veraniego presentando su segundo largo Truth Is A Beautiful Thing mantuvo al público ensimismado en todo momento. Porque hay conciertos que no hace falta bailar para disfrutar con el alma encogida y una sonrisa bobalicona en la cara.

La fuga de personas, muchas de ellas ataviadas con camisetas y banderas, indicaba que se acercaba la hora de los mayores cabezas de cartel y principal reclamo del festival: Foo Fighters. Un aullido de Dave Grohl, seguido de I’ll Stick Around, servía como punto de partida a un espectáculo en el que la veterana banda de Seattle recorrió todos sus éxitos (algunos como The Pretender cayeron a las primeras de cambio) y con Run o The Sky Is a Neighborhood nos presentaba su nuevo álbum Concrete And Gold. Tampoco faltaron sus covers para Queen o Los Ramones, y un momento muy especial compartiendo Mountain Song de Jane’s Addiction con Perry Farrell, fundador del festival y cantante de dicho grupo. Best Of You coreado hasta la extenuación, Wheels sumido en un baile lento y Everlong daban por finalizado un derroche de energía que habría hecho resentirse al mismísimo conejito de Duracell, una maratón musical que se prolongó hasta las dos horas y cuarto pero que al público más fiel se le antojaron realmente cortas.

Y como broche de oro, una de las actuaciones más esperadas de todo el evento. Silencio y nervios ante el retraso –destacable la puntualidad alemana que tuvo el festival en casi todos sus conciertos– de una Intro más que conocida por todos pero que en directo adquiere otra dimensión. Casi un lustro esperando desde Coexist para ver de nuevo la luz (realmente, más luz) en I See You, el último disco (puedes leer la crítica aquí) que ha llevado a The xx a reencontrarse y girar por el mundo. Romy –sentida– y Oliver –seductor–, orquestados magistralmente por un Jamie xx que incluso tuvo su interludio electrónico tras la cover a su propio Loud Places, se encargaron de detener el espacio-tiempo recordando sus grandes hits intercalados con los nuevos Say Something Loving, I Dare You u On Hold hasta un esperado y siempre emotivo cierre con Angels. Y por si fuera poco, con un canto optimista frente al terror que asola Europa, consiguieron ganarse más aún si cabe a su entregada audiencia. Como con un chasquido, vuelta a la realidad y al centro de Berlín –esta vez sin mayores incidentes–, pero ya con la próxima edición en mente. Apuntad: próximos 8 y 9 de septiembre de 2018 en el Olympiapark.