En la ribera del Manzanares aterrizaba, en la previa del día grande madrileño, uno de los platos fuertes del Sound Isidro. Directamente desde Burgos, y con el frío recién sacudido, La Maravillosa Orquesta del Alcohol volvía a Madrid, tras sus tres “no hay billetes” seguidos de la sala El Sol, mediando otoño, para presentar el autoeditado “La primavera del invierno” (2015).

Acertaron los burgaleses al invitar a True Mountains para caldear el ambiente, con su punk acústico de Rías Altas. “Freethinkers” o “Fuck televisión” gustaron, mucho, a los congregados. Apenas marchado el resuello, aparecían La M.O.D.A. para desatar la locura karaoke a lo largo de toda su actuación. No había casi comenzado “Nubes negras” y todo el personal, entregado. Con “Amenecederos” y esa voz a punto de romperse de David, repudiada por muchos pero que le concede parte del encanto canalla a las composiciones, aparece la sección de metales para añadir un momento de baile sin retorno.

La banda, tras correr de un lado a otro del escenario, ha de coger fuerzas. Podrán rebajar el tempo en temas como “Disolutos” o “1932”, pero la esencia permanece: ¿Folk? ¿Rock? ¿Punk? Da igual. Son canciones que han sabido conectar con una audiencia que les agradece su irrupción en el panorama musical. Por eso, en “Suelo gris”, de su anterior trabajo, hay que “perder la voz cantando”. Así lo atestiguan los miles de “ohhhhhhhs”. Además, parte de la grada se sabe emocionada al escuchar, con acordeón y acústica, las primeras notas del ya imperecedero “Ojalá” de Silvio Rodríguez.

En la despedida, “Gasoline”, himno, hace que hasta la tan denostada palmera de La Riviera parezca sonreír. Son La M.O.D.A. un grupo con, como poco, actitud. Casi no llevan un lustro encima de los escenarios y, por lo que ofrecen, dan muestra de haber aprendido, como alumnos aventajados, las bondades del oficio. Incluso los gajes.