Viernes, 16 de septiembre

Cuando The Jesus and Mary Chain (foto inferior) salieron al escenario pasadas las dos de la mañana, el frío que nos había calado hasta los huesos, el barro, la lluvia y el sueño pasaron a ser actores secundarios. Sonaba “Amputation”, las guitarras crepitaban y Jim Reid cantaba con actitud desganada, como si la cosa no fuese con él. Como marcan los cánones del indie, vaya, que ellos impulsaron y que hoy está tan desdibujado. El regreso del grupo de Manchester después del infravalorado “Munki” (1999) se ha cocido a fuego lento, pero está mereciendo la pena. Quizás no estemos ante su segunda juventud, pero las nuevas canciones se codean de tú a tú con los clásicos y cuando descargan toda la electricidad en “Reverence”, la leyenda se engrandece. I wanna die just like Jesus Christ.

El de los hermanos Reid fue sin duda el plato fuerte de la primera jornada, muy deteriorada por culpa de un tiempo más propio de noviembre que de los últimos días de verano. La lluvia torrencial convirtió el recinto en una carrera de obstáculos al más puro estilo Glastonbury: se formaron charcos, los pies se hundían hasta el tobillo en el césped embarrado y los chaparrones caían con estrépito. Por primera vez, los organizadores habían abandonado el parque de atracciones de Igeldo por el hipódromo de Lasarte, a pocos kilómetros de San Sebastián.

La decisión era arriesgada porque el encanto del monte Igeldo y sus imponentes vistas a la bahía de la Concha habían demostrado que la fórmula funcionaba. Con el cambio de ubicación también había que cambiar el chip de la gente; darle más importancia que nunca a la música, olvidarse del balcón con vistas y desplazarse en transporte público. El imán turístico de Igeldo vs un viejo hipódromo de las afueras. Un órdago al donostiarrismo de postal. Pero lo que realmente falló y pilló a todo el mundo desprevenido fue un tiempo traicionero.

Los que más sufrieron las embestidas meteorológicas fueron las dos principales apuestas locales. Mikel, de Amateur, no paraba de animar al público mientras la lluvia arreciaba. Los herederos de La Buena Vida se han arropado de excelentes músicos como el guitarrista Joseba Irazoki y el pianista Paul San Martín. Nostálgicos y melancólicos -imposible no acordarse de Pedro San Martín-, las nuevas canciones ganan punch en directo y el final-“El rastro de una estrella” y “El golpe”- resultó emocionante.

Havoc, por su parte, estrenó el escenario principal con las armas que tan buenos resultados musicales le están dando: mucha guitarra, mucha melodía y estribillos pegadizos. Cuando sonó “La chica del tiempo” tuvo hasta un punto de ironía y lo único que faltó fue el empuje del público, agazapado bajo los chubasqueros en un entorno hostil. Si nuestros dedos fueran hélices, como dice su canción, la lluvia no se hubiera atrevido a aparecer en las últimas canciones del set.

Lo mejor del nuevo recinto ha sido el sonido inmaculado del principal escenario y la preciosa carpa de circo Matusalén donde, resguardados del frío y de la lluvia, triunfó Depedro. Jairo Zavala es un tipo de una pieza, alguien a quien podrías dejarle las llaves de tu casa y quedarte tranquilo. Existen pocos músicos más fiables y cálidos que el madrileño. Con “Como el viento” se metió al público en el bolsillo y enseguida cayó “Nubes de papel”, ya con la gente bailando y acompañándole el estribillo. Depedro estuvo bastante más acertado que Jeremy Jay (foto inferior) que empezó reivindicando sus mejores canciones -las de “Slow dance”– y se perdió en su propio laberinto musical, disperso y anodino. Su talento siempre ha estado reñido con actuaciones irregulares.

Love of Lesbian juegan en otra liga. En una noche tan desapacible y con poquita afluencia de público, fueron los que arrastraron un mayor número de seguidores. Bastantes más que The Jesus and Mary Chain, por cierto. Bien mirado, tiene sentido: su inflada música es perfecta para las masas, con su dosis de épica y mensajes variopintos. Llegó “Cuando solíamos gritar” y apareció la palabra paz en mayúscula en la pantalla, mientras que “Me amo”, que tiene una letra muy marciana -“Entendí que había sido capaz de ganar a 100 millones de hombres rana en celular”- se lo dedicaron a la gente que está “jodida”. Tienen mérito: dos discos después, “1999” continúa motivando a los fans como el primer día. Pero, pese a sus peculiaridades, la música de Love of Lesbian no está tan lejos de grupos como La Unión.

Sábado, 17 de septiembre

Apenas llovió y la organización cubrió parte del césped con un plástico a modo de parche. Sin embargo, el frío y el mal tiempo seguían siendo uno de los temas estrella de las conversaciones camino al hipódromo. El propio Neil Hannon, líder de The Divine Comedy (foto inferior), salió con una bufanda al escenario y el público miraba al cielo clamando, suplicando más bien, una tregua. Cayeron unas gotas que no empañaron uno de los mejores conciertos del festival. Genio y figura, Hannon se puso en plan histriónico en “Sweeden”; se mostró guasón en “Generation sex”; se vistió de gentleman inglés para lanzar dardos mordaces en “The complete banker”; retó al ruido que venía del escenario del fondo con el delicado retrato de “Lady of a certain age”; y las voces sonaron harmónicas, muy Beach Boys, en “Song of love”. Pero más allá de su personalidad camaleónica, The Divine Comedy dieron un recital de elegancia y buen gusto. Y brindaron el momentazo del festival al enlazar “At The Indie Disco” con “Blue Monday” de New Order.

A la clase maestra de The Divine Comedy hay que sumarle la estupenda elección de grupos locales que se amontonó entre las nueve y las once de la noche. Los vascofranceses The Lookers mezclaron urgentes canciones de rock con algunos medios tiempos y una variedad de registros cada vez mayor; en el escenario Kutxa Kultur, los donostiarras Grande Days habían fichado para la ocasión a un par de vientos que dieron mayor empaque a una actuación emocionante; mientras, en el hidden stage, los chicos de Luma se batían como jabatos a ras del suelo y con el público rugiendo a un palmo de sus narices. Rock crudo, a palo seco, sin concesiones.

Entre todos los grupos vascos, hay dos que merecen especial atención. Por un lado, los vizcaínos Vulk, que cada vez que dan un concierto demuestran una personalidad arrolladora, post-punk afiladísimo que convierten el escenario en un oscuro ring de boxeo. Por otro, Kokoshca y su modo punk on. Fueron 45 minutos pletóricos que se pasaron volando, enlazando un hit tras otro y que terminó en una fiesta total y desmadrada con el ya clásico “No volveré”. Si este país amase el pop auténtico y fuese como Suecia o Escocia, Kokoshca sería uno de sus embajadores.

¿Y los dos grandes grupos internacionales? Cumplieron sin grandes alharacas. The Drums (foto superior), convertido en un proyecto personal de Jonny Pierce, han recobrado parte de su frescura en su último trabajo, “Abysmal Thoughts”, de las que sonaron con brío “I´ll fight for your life” y el single “Blood under my belt”. Como en Madrid un par de noches antes, se despidieron con “Down by the water” y no escatimaron en aquellos temas de su debut (“Best friend”, “Let´s go surfing”) que los lanzaron al estrellato indie. También rescataron ese tema tan The Smiths que es “Money”. Han perdido brillo, pero funcionan como gancho festivalero.

Algo parecido ocurre con The Hives (foto encabezado), que empezaron como una moto (cayeron a las primeras de cambio “Come on”, “I hate to say i told you so” y “Main offender”), pero que con el incansable show de Pelle Almqvist -que no paró de interactuar con el público al estilo entertainer norteamericano- tienes la sensación de estar viviendo un déjà vu tras otro. Con todo, son una garantía contra el sueño y saben mucho mejor que un chupito de Jagger. Por último, Hercules & Love Affair pueden decir alto y claro que “My house” es un pedazo de hit, a la altura de “Blind”, el tema que los lanzó a la fama hace casi 10 años. Cierre discotequero a un Kutxa Kultur Festibala lastrado por el pésimo tiempo, descompensado y que con el cambio de recinto ha provocado la espantada de la beautiful people.