A eso de las 13:00 h. sonó el teléfono en la sala Joy Eslava. Los doce componentes que forman parte de la troupe King Gizzard & The Lizard Wizard, músicos y auxiliares, estaban perdidos en algún punto de la provincia de Zaragoza. La furgoneta se había quedado sin frenos y les había dejado tirados a pocas horas de la celebración de un concierto que en esos momentos tenía muchas probabilidades de cancelarse. Al final los australianos se buscaron unos taxis, agarraron los instrumentos y llegaron in extremis a Madrid, sudorosos y desubicados, pero justo a tiempo para subirse al escenario.

La metáfora de esa furgoneta circulando sin frenos por el desierto de Monegros es perfecta en el caso de de King Gizzard & The Lizard Wizard, una banda que sin apenas apoyo de la prensa musical británica o norteamericana se ha convertido en referente del rock contemporáneo con un modus operandi cuanto menos sui géneris: un ritmo de publicación discográfico extenuante (para este 2017 prometen cinco largos) y nulas concesiones comerciales en una propuesta musical que se maneja entre el culto a lo retro y la majarada ácida. Imaginen a los pirados de Butthole Surfers colgando en los lejanos ochenta el cartel de sold out en Madrid con un mes de antelación en una sala con capacidad de mil personas, y cuando hace apenas una semana habían tocado en Primavera Sound. Improbable ¿no? Pues sus sobrinos putativos australianos lo han conseguido, y la sensación general es que posiblemente habrían hecho con holgura una Riviera de haberlo intentado.

Mohama Saz Foto: Sergio Albert

Pensando de manera egoísta hay que agradecerles a los organizadores que finalmente no se animaran a dar ese salto. Gracias a ello pudimos asistir al concierto con la temperatura más alta que recordamos en Madrid en muchísimo tiempo. También Mohama Saz en su papel de teloneros (antes habían pasado Baywaves: lo sentimos, no llegamos…) disfrutaron de una sala prácticamente llena desde primera hora que les sometió a su particular examen de Selectividad: lo aprobaron con nota. Es más, por un momento hasta alguien pudo pensar que Mohama Saz en su papel de mesías del rock turco-vallekano, se iban a comer a las estrellas de la noche. En formación de cinco para la ocasión, con unas congas dando soporte a la batería, nos pusieron a bailar presentando las canciones de su todavía reciente segundo álbum, “Negro es el poder” (Humo, 17). En algún momento, cuando los cinco instrumentos sonaban al unísono, daba la sensación de que todavía hay algo de margen de mejora en cuanto a pegada y claridad, pero en líneas generales Mohama Saz, que por algo son músicos veteranos curtidos en mil batallas, cumplieron más que de sobra con su etno-pshych mediterráneo.

El incidente con la furgoneta obligó a King Gizzard a montar su equipo y probar sonido cuando Mohama Saz terminaron su actuación. Media hora tediosa que en cualquier otro caso habría terminado con comprensibles amenazas de rebelión por parte del público. El respeto con el que soportó los prolegómenos una Joy Eslava abarrotada hasta resultar incómoda, ya daba pistas de la entrega de un público que ha esperado más de la cuenta para disfrutar del directo los australianos en nuestra ciudad. Cuando finalmente aparecieron en escena lo hicieron tal y como se habían bajado del taxi un par de horas antes: en bermudas y pantalones cortos, con un aspecto que lejos de identificarles como estrellas del rock podría hacer que los confundiéramos con un  tour de guiris en escala hacia Magaluf . La sensación duró apenas hasta que, la primera en la frente, el redoble de “Rattlesnake” desató la locura. Cervezas y camisetas por los aires, stage diving, y el pogo más feroz que se recuerda en la sala Joy Eslava en muchos años.

En cierto modo el concierto de King Gizzard & The Lizard Wizard en Madrid ha sido también la ceremonia de graduación para toda una generación de jóvenes malasañeros. Más o menos conscientes de ello, público y grupos se han convertido en el último lustro en descendientes de un linaje rockero que lleva teniendo en Malasaña su epicentro desde hace cuatro décadas. En la Joy podía verse disfrutando a Fernando Pardo, por ejemplo. La comunión de al menos tres generaciones de garageros y hardrockeros de alguna forma cierra un círculo que desmiente a quienes se refieren al rock de guitarras como una fórmula en peligro de extinción. Ayer ni siquiera dos inoportunos parones provocados por una regleta en mal estado y un corte de luz pudo con los ánimos de un personal, hay que decirlo otra vez, al borde del éxtasis físico (¿de verdad nadie se hizo una lesión grave?) y mental. Al contrario, tal y como ocurrió con la prueba de sonido inicial, cada inconveniente en un concierto plagado de ellos, que directamente podría calificarse de “gafado”, se solventó con una respuesta por parte del público más ardorosa, empujando a una banda que necesita poco, muy poco, para prender.

Precisos, casi matemáticos a la hora de poner a funcionar dos baterías, tres guitarras, bajo y teclados, con Stu bufonesco como un Angus Young on acid, en la mejor tradición aussie, no se complicaron demasiado la vida con un set que apostó por su vena más aguerrida y menos experimental. Apenas en la recta final levantaron un poco el pie del acelerador con la tropical “Melting” para lanzarse nuevamente en picado en una recta final que tuvo el valor añadido de alargarse más allá de las 23:00. Los habituales de conciertos en Joy Eslava saben que eso es un hecho casi tan extraordinario y reseñable como los records de duración de un bolo de Springsteen en el Bernabeu, otra razón para calificar su paso por Madrid como un (pequeño) hito generacional con su valor histórico. Me la juego a que, visto lo visto, el grupo va a tener más en cuenta Madrid y España a la hora de programar sus giras en el futuro…