Abrió Donny McCaslin Quartet, cuya colaboración en “Blackstar” David Bowie le ha abierto las puertas de la popularidad y, para bien y para mal, probablemente marque su carrera para siempre. Digo esto porque, a mi juicio, el tema “Lazarus” sonó tan intenso, bello y emocionante que dejó al resto del repertorio en un modesto entredicho. Notable en la ejecución, elegante en los desarrollos, diverso e interesante en la mezcla de referencias y bañado en un sugerente aire sofisticado y ligeramente oscuro muy neoyorkino, eché en falta un mayor peligro, cierta alma, cierto componente emocional en las composiciones para terminar de engancharme. En cualquier caso, tengo que reconocer que el público vibró y pareció muy satisfecho, así que, misión cumplida por su parte.

Alma, precisamente, le sobra a Kamasi Washington en su enorme cuerpo, y su cósmica visión musical es poderosa, torrencial y profundamente personal como volvió a demostrar anoche en el siempre mágico entorno de la “trini”. Tanto es así, que a decir verdad, se dieron bastantes deserciones en los minutos finales del concierto. Quiero pensar que se debía a que se superaba ya ampliamente la medianoche y se acumulaba al sueño o a la necesidad de coger algún transporte público o de llegar un poco más despejado al coche. Pero supongo que a algunos debió de aburrirles la avalancha sónica por momentos desmesurada de Kamasi. Lo entiendo, aunque obviamente no lo comparto. En mi opinión Kamasi Washington y su magnífico grupo ofrecieron uno de los más gozosos conciertos de jazz (y de cualquier otro estilo) que he visto por aquí en los últimos años. Le acompañaron en esta ocasión Brandon Coleman a los teclados, Ryan Porter al trombón y Patricia Quinn como vocalista -todos ellos presentes en el celebrado disco de “The Epic”– a los que se añadían Joshua Crumbly, sustituyendo de forma brillante al genio “Thundercat” al bajo, Robert Miller y Jonathan Pinson a las dos baterías y nada más y nada menos que Rick Washington –padre de Kamasi- al saxo tenor.

Evidentemente faltaron los amplios arreglos orquestales y coros que adornan el disco, pero en su lugar nos encontramos con versiones vibrantes y expansivas de varios temas del mismo (sinceramente no acierto a recordar exactamente cuantos temas sonaron en las más de dos horas de velada, 7? 8?) así como un par de novedades a cargo de un conjunto de músicos en estado de gracia; empezando por la exhibición de Kamasi al saxo tenor, para acabar en un selvático solo de batería a cargo de Pinson, y disfrutar de paso de las excentricidades casi p-funkeras de Brandon a las teclas y de algunos de los instantes más exquisitos de la velada a cargo del bajo de Joshua, o de las deliciosas aportaciones vocales de Patricia. Todo ello debidamente anclado con el aporte sereno de Rick como buen padre familia. En fin, que resultó una explosiva celebración de creación comunal, de pura música negra, sin más etiquetas, que invitaba y exigía rendirse a un goce extático, y sí, un poco cósmico y trascendental. Ya llegará mañana.