La vida se vuelve un lugar mejor en las canciones de Josele Santiago. Da vértigo, sorprende y chispea. No es un cantautor de palo, como ya advirtió al público granadino en su anterior visita. ¿Para qué? Tal como está el mundo, deberían cotizar al alza los traductores disparatados de la realidad. Josele se pondría las botas. Atinaríamos fórmulas de rescate, bajaría la prima de riesgo, y tropezaríamos con respuestas en el trayecto del ascensor al bar.
Son reflexiones de butaca en la penumbra del Teatro Alhambra. El madrileño se presenta en formato de trío. “No sé si somos más o si somos menos”, duda. Cambia al enciclopédico David Krahe para rescatar a Pablo Novoa a la guitarra –maestro del sonido Fender: el barítono y el elástico– y entra como baterista Ricardo Moreno –ex Ronaldos–, a quien lanzan miradas indicativas para finalizar cada uno de los temas. Se bastan y se entienden. El repertorio respira, se libera, lo estiran y lo encogen con un tratamiento electro-acústico, de barniz jazzístico y fraseo swingueante.
En hora y media de actuación, el malasañero desgrana casi al completo “Lecciones de vértigo”, su último álbum. Novoa borra la huella de Enemigos y abre espacios para el asueto narrativo de su jefe. En la primera fase, Josele con la acústica: “Baila el viento”, “Pensando no se llega a ná”, “Peces”, “Sol de invierno”… Después, desquite con la vieja Telecaster del 65: “Canción de próstata”, “El lobo”, “PAE”, “Han ganado de nosotros”, “Fractales”… Elegancia, imaginación y audacia, más un cierre impepinable con “Mi prima y sus pinceles” y “Ole papa” –a la memoria de su padre, a quien antes no le dedicó “ni los buenos días”–. La de Josele es una voz rota y profunda. Una voz necesaria e intransferible en la canción española. Castizo y profundo: sin pedanterías. Ya se habla de su próximo reencuentro a todo trapo con Los Enemigos. De su posible reconversión al campo de la veterinaria. Su cabeza permanece llena de libros blancos esperando sus palabras.