James Rhodes se ha convertido en un efervescente fenómeno cultural y una evidente demostración fue la gran fila que se formó en el hall del Auditorio de Zaragoza para lograr conseguir una copia firmada de su autobiografía: “Instrumental: A Memoir of Madness, Medication and Music.” De ella, por supuesto, nos habló durante su recital, porque el excéntrico pianista británico basa sus conciertos en dos claras vertientes: la música y un discurso en el que bien puede departir sobre los avances tecnológicos, como valorar la victoria de Trump, mostrar su rechazo al brexit, alabar a Rafael Nadal o revelar su absoluta admiración por “El Coloso” de Goya… todo ello sirviendo de preámbulo a las interpretaciones que realiza de piezas de Chopin, Rajmáninov o Bach, del que eligió su “Adagio en Do menor” como colofón. Por eso, los conciertos de James Rhodes deberían valorarse como un puro ejercicio de comunicación musical, pues en ellos se erige como uno de los mayores divulgadores de música clásica de la actualidad. Poseedor de un verbo renovado, se nutre de las sensaciones que brotan con cada nota, así como de las propias vivencias que ha ido acumulando en su convulsa vida, repleta de pasajes oscuros. El particular lenguaje del británico se extiende al nivel visual, haciendo de las zapatillas, los tejanos, el pelo alborotado y esas sudaderas en las que alterna el nombre de celebres compositores, su uniforme habitual. A ellos rindió absoluta pleitesía en todo momento, en especial al ruso Serguéi Rajmáninov del que, en un momento de su actuación, mostró su nombre tatuado en el antebrazo. Porque según ha declarado Rhodes en múltiples ocasiones, a ellos les debe mucho, les debe incluso, seguir vivo.

James Rhodes

James Rhodes