Bienvenidos al rock de estadios; el circo de nuestros días. Dejando aparte las consideraciones sobre si sus directos tienen todavía algo que ver con el punk -¿éxito comercial y punk no son conceptos antagónicos?- lo cierto es que los americanos podrían tocar lo justo para cubrir el expediente, y no lo hacen. Su show dura casi tres horas y casi no parece que todo esté calculado al milímetro para que las masas rujan. Pocas cosas pueden dejarse en manos de la improvisación en un espectáculo de estas características, lo que hace que los conciertos sean prácticamente iguales en todo el mundo. Como una franquicia de sí mismos, repiten los mismos trucos noche tras noche, pero aquí lo que importa es que la gente se divierta y participe, y eso se consigue con creces. Desde el principio combinaron la energía de las canciones de tres acordes con el AOR más descarado, sacaron a algunos fans al escenario, lanzaron agua con pistolas, camisetas, fuegos artificiales y hasta un simulacro de exorcismo a dos alucinados niños que bajaron de una de las gradas. También hubo canciones, pero casi era lo de menos. Todas con una ejecución impecable y, para mi sorpresa, menos grandes éxitos de lo que cabía esperar y bastantes temas de sus dos últimos trabajos. Sí, tocaron “Basket Case” y “Longview” con una furia muy por encima de lo que uno espera de un circo de estas características, dejando claro que es posible ofrecer espectáculo, mantener una instrumentación impecable y la dignidad en su sitio. Para terminar, un “Wake Me Up When September Ends” que puso el O2 Arena del revés. Tal vez el punk sea hacer lo que uno quiere, y la banda parece querer complacer al máximo a los fans y divertirse. Creo que consiguieron ambas cosas.