En los últimos tramos de la estrecha carretera que lleva a Worthy Farm, el pulso se acelera. La expectación en estado puro toma forma y tiene nombre: Glastonbury. Casi cincuenta escenarios, veintidós horas de música al día, unas dos mil actuaciones y “Glasto moments” que dan todavía más reputación a la cita. Cifras de vértigo, pero nada que ver con lo que se experimenta una vez cruzas las puertas de la “granja”. Sin barro, con sol y con tres días de exquisita programación da comienzo la 42ª edición del festival de Sommerset. Sentarse en la hierba a escuchar cómo Local Natives construyen una burbuja de sonido en la que flotar y a partir de aquí, todo suma. Tame Impala apenas dejan que se deshinche el globo, facturando psicodelia movediza. Después llega el turno de The Lumineers, -en un Other Stage a rebosar- con su folk digerible y Alt-J, impecables y (demasiado) maduros. Suerte que Foals aportaron algo de caos en nuestra vidas: sudor, crowdsurfings imposibles y un final apoteósico con “Two Steps, Twice”. Antes, buena parte de las primeras filas nos sentamos durante “Spanish Sahara”, para estremecernos a una. Y con la piel todavía de gallina, corres hacia el Pyramid Stage para los cabezas de cartel. De camino, alguien nos chiva que Beady Eye han tocado antes en un bolo secreto. Aprietas los puños y deseas tener el don de la ubicuidad mientras sigues corriendo para ver a Arctic Monkeys. Primera decepción del festival. Su conexión con el público es más bien nula y la sensación fría, a pesar de su nada reprochable sonido y setlist (abrieron con “Do I Wanna Know”) y de contar con Miles Kane en “505”. Para desquitarnos, buscamos el calor de Avalon, tierra amable y llena de neo-hippies que bailan al ritmo de los violines de Shooglenifty. No hay barro en los zapatos y vuelves agotado hacia la tienda tras andar casi media hora. Intentas no pensar en que no has visto a Rita Ora, a Bobby Womack (junto a Damon Albarn), Molotov Jukebox (el grupo de Osha de Juego de Tronos) o Jessie Ware. Mañana será otro día. Y será el día en que The Rolling Stones vuelvan a un festival tras los fúnebres sucesos de Altamont en el 69, “la muerte de la nación Woodstock” puede resurgir en Sommerset.

 

Segundo día soleado y conseguimos ducharnos tras esperar en uno de los tráilers-baños de la zona. Vestimos las mejores galas para la que será una rave vermutera de la mano de Jagwar Ma. Fans desde ya de “Howlin”, el debut de los australianos. Loops prometedores, melodías evocadoras y el justo revival que el sonido Madchester se merecía. Y si añadieran algo más de cuerpo con percusión en directo, mejor. Dry The River suenan de pasada cuando cruzamos medio festival para llegar a Green Field’s: pequeña carpa, grandes artistas. Primero Swim Deep y después Half Moon Run, estos últimos con todo lo necesario para que su directo cale: pegadizas canciones, actitud y una pulsación hipnótica. Daughter por su parte, igual que Two Door Cinema Club y Alabama Shakes, crecidos, superan las expectativas. Algo que no han hecho Primal Scream, quienes demuestran más profesión que vocación en un directo sin sangre y dispensable. Y por primera vez, tras más de cuatro décadas, The Rolling Stones toman el Pyramid Stage. “Gracias por pedirnos al fin que tocáramos, Michael [Eavis, fundador]” bromea Mick Jagger, tras años de constantes evasivas. “Jumping Jack Flash”, “Paint It, Black” y “It’s Only Rock’n’Roll” golpean duro y los (ya casi cómicos) movimientos hiperactivos del cantante nos hacen sentir parte de algo más grande y mucho más antiguo que cualquiera de nosotros. Hay tiempo para invitar a Mick Taylor, ex miembro de la banda, así como para dejar a Keith Richards cantar dos temas. Suenan “Wild Horses” y “Glastonbury Girl”, adaptación de “Factory Girl”, y una media parte más pesada de eternas jams. Sin embargo, llega uno de esos momentos históricos: un enorme ave fénix mecánico situado encima de la pirámide extiende sus alas, mientras de una corona surgen afiladas lenguas de fuego. ¿Estará pasando realmente esto? “Sympathy For The Devil” jamás sonó tan bien. Cien mil personas en sagrada comunión y “Satisfaction” con fuegos artificiales porque The Stones llegaron a Glastonbury para ser recordados.

 

La última jornada del festival amanece con sabor a ceniza y cierta resaca épica. Pero queda mucho por delante todavía. The Bots reventando tímpanos a la hora del desayuno, Stealing Sheep enamorando en las colinas de The Park, Barbarossa y The Vaccines haciendo que la carpa se venga abajo. Nos perdemos por The Craft’s Area, llena de talleres en los que por dos libras aprendes a trabajar la madera, hacer collares de plata o cucharas de hierro. Hippies –de los de verdad- fumando marihuana y con una tetera de hierro se sientan en una esquina. El Stone Circle rebosa de gente y encontramos a los canadienses Half Moon Run descansado en la ladera, mientras a capella, un grupo alaba las bondades de la vida en el campo. Glastonbury no es un festival. Son centenares de ellos en un solo punto. Y si quieres, puedes montarte tu propia fiesta sin pisar un solo escenario, disfrutando de los bares y las carpas programando música constantemente. O bien escaparte a la zona de deportes o construir la mayor torre de cajas de cartón, cual torre de Babel. Podría intentar describir todo lo que vemos, y todos los personajes que se suceden ante nosotros, pero el espacio apremia y mejor preservar intacta cierta aura. Tras vagabundear durante unas horas, volvemos a los escenarios principales, donde Vampire Weekend y Of Monster And Men firman dos actuaciones perfectas y aburridas. Nada que ver con Smashing Pumpkins, quienes han demostrado estar algo mayores y gorditos para las camisetas entalladas, pero en excelente forma para el rock. Post-adolescentes y adultos de la Generación X unidos por canciones tan redondas como “Bullet With Butterfly Wings”. Nadie se esperaba su sobrecogedor concierto, ni la versión de “Space Oddity”. Nos vamos sin escuchar los últimos temas –y al parece son Haim quienes aparecen para acompañarles-, porque Mumford And Sons han prometido un fin de fiesta espectacular. Agradecidos, dedicados y recién salidos de la taberna más folkie del condado, agarramos una sidra y coreamos como si no hubiera mañana “I Will Wait” y “Little Lion Man”. Sin embargo, no es hasta que The Vaccines, First Aid Kid, Vampire Weekend y The Staves aparecen sobre el escenario, que la cosa adquiere los tintes dramáticos que harán que recuerdes a tus amigos una y otra vez que estuviste ahí. Y el ave fénix de los Stones decidió reaparecer una vez más, acompañado por rachas interminables de llamaradas que calentaron hasta buena mitad de la colina de la Worthy Farm. Con tintes anaranjados todavía brillando en las retinas, esperamos ansiosos Glastonbury 2014.