Ver un concierto con un idiota al lado es una experiencia necesaria. Es mejor si no le conoces nada. Ya es grandioso, orgásmico, si lo que pasa en el escenario concede un +1 a su estupidez. “Lichis, mete caña, que estás muerto”. El cuerpo le pedía rumba, pero Miguel Ángel Hernando ahora está en otra. Seguro tras revelar su vulnerabilidad en “Modo avión”, su primer disco de material completamente nuevo desde “Hotel Lichis” (2005), se ha mudado a la frontera.

Las canciones de La cabra mecánica que trajo a la presentación en Joy Eslava se han contagiado del espíritu norteamericano de esta segunda parte. “Felicidad” en 2014, por ejemplo, comparte paternidad con Hank Williams y Johnny Cash. Incluso su versión de “Lo mejor de nuestras vidas”, clásico de Antonio Vega que le queda como traje a medida, iba al trote. Normal que el héroe de la verbena, el tipo que salpicaba de ginebra al hablar, no entendiera nada. Por si las moscas, Lichis se explicó con “Antihéroe” –“una nota de suicidio comercial”, hoy una nota a pie de página biográfica–. Esto no es un cambio, es un reencuentro con una forma de hacer canciones que se puede rastrear en todos sus discos anteriores. Lo que estrena es buena memoria. No se le conoce un disco malo, tampoco se le recuerda un concierto frustrante para el público. Por mucho que la voz que bramaba desde la barra, oculto por las columnas, se hartase a pedir “La lista de la compra” con las ganas se quedó. Es igual, esta mañana, cuando juraba que no volvía a salir entre semana, ya se le había olvidado esta ausencia en un repertorio corto, implacable y profundamente emocionante. No hay que elegir, porque más que nunca forma un todo, pero canciones como “Dinero por nada” o “Televisión de madrugada” deberían servir para que la gente que escucha música descubra al Lichis que les ha pasado desapercibido por pura pereza o embriaguez.