Henri dice que este es un sitio tranquilo el resto del año, y que en cierto modo en la zona se respira un aire diferente durante los días de festival. Marmande (región de Aquitania en el suroeste francés, a unos kilómetros de Burdeos) queda alterada tras los cuatro días de Garorock. Como si hubiese sufrido un pequeño tsunami: ya nada está en su sitio. Pero a Henri le gusta la sensación. Henri antes era farmacéutico, ahora chófer del propio festival: conduce con las dos manos al volante, mientras persigue con la vista la hilera infinita de jóvenes que se acumulan a las puertas del recinto. En la radio suena la emisora Nostalgie; “les plus grandes chansons”, clásicos de rock de todos los tiempos.

A Henri, de cincuenta y pocos, sólo le gusta Muse del cartel. No podrá ir a verles, pues trabaja. Aunque mejor, le hubieran decepcionado.

El rock ha sido uno de los puntales del Garorock en los más de veinte años de celebración del festival, un evento único en la zona y que acumula unas 130.000 personas de jueves a domingo. La Polla Records, Skatalites o Ska-P fueron espadas del festival en los noventa; cuando el evento estaba enfocado al rock, al ska y al reggae. Pese al giro estilístico, algo no ha cambiado: el público sigue siendo local. En el Garorock no hay, tradicionalmente, personas de ningún lugar más allá de Burdeos y alrededores. Aunque se avistan algunas ikurriñas; el festival tiene tirón en la zona de Bayona y el país vasco francés.

El hecho que no haya invasión extranjera ha hecho que el festival siga conservando el espíritu de fiesta mayor. De pueblo. Gente borracha a todas horas y mucha guasa. Eso lo convertiría en la fiesta mayor con el mejor cartel del mundo, seguramente. Y como en toda fiesta mayor que se precie, en el Garorock no faltaron los fuegos artificiales. Los pusieron Muse (foto encabezado).

muse-en-garorock-por-teddymorellec

La banda de Matt Bellamy siguió pecando del mal de estadio: mucho golpe pero demasiada linealidad. Eso sí, su épica descarnada y sus mensajes en lugares comunes (“fight for our rights”, proyectaron en “Knights of Cydonia”) no evitaron el disfrute del público: los británicos lograron la mayor masificación en el escenario Scène la Plaine. No cabía ni un guitarrazo más el jueves: los ingenieros del rock lo llenan todo (y siempre por exceso).

No todos los que se desarrollaron en escenario grande demostraron la misma voluntad de verbena: Jamie XX, Flume o Ratatat supieron —en diferentes horarios a lo largo del festival— aprovechar las tablas para desarrollar sus propuestas sin histeria. Por un lado, Jamie XX siguió en su eterno intento de remezcla, caminando con pies de plomo entre el disco, el funk y el deep techno. Por el otro, Ratatat lograron ir un paso más allá, con un espectáculo a medio caballo entre el post-rock y la electrónica, casi masticable por denso.

Los disfraces se cuentan a puñados en el Garorock. Hombres-caballo que pasean, grupos de tortugas… No hablamos de cualquier cosita. Aquí la gente se caracteriza de veras. Aquí todo se hace a lo bestia: la carretera de acceso al recinto fue levantada sólo para el festival, por ejemplo. Caerían no pocos árboles para ello, nos cuentan trabajadores del festival. Todo a lo grande. Debe ser algo muy francés. Que se lo digan sino a M83 que, con el sol todavía poniéndose, allanó el sábado con la gira que desarrolla “Junk” (Naïve). Anthony González sigue teniendo el mismo posado resabidillo, pero las voces en directo de Kaela Sinclair y Mai Lan hacen vaporoso y lúcido el dream pop (muy pop) de temas como “Go!”.

Henri cuenta, poco antes de aparcar, que en Marmande sólo hay una fábrica de aviones, y una gran tienda de tractores agrícolas. Y, claro, muchas hortalizas… En especial tomates. Los regalan dentro del recinto del festival, incluso. Ya se sabe: dicen que el tomate es bueno para la resaca. Tal vez ese sea uno de los motivos por los que el festival ha fortalecido su clase media de electrónica: tienen con qué combatir los estragos de la noche. El Garorock (pese a su nombre) permite un itinerario electrónico non stop: en el Scène Garoclub, una especie de Boiler Room algo apartado, el contoneo de los asistentes —así como el consumo de agua— desde primera hora de la tarde es alto. Desde el dubstep, a lo Vitalic, de Poirier, pasando por el dancehall de Dengue, Dengue, Dengue, hasta los bits latinos de Nicola Cruz. Todo cabe; todo menos nosotros cuando pinchaba Petit Biscuit. El francés, con un techno ambiental bien colorido, reventó el escenario la noche del jueves. Temas como “Sunset lover”, de su último EP homónimo, justificaron el aluvión.

Odezenne-en-Garorock-por-nicolasjacquemin-

Más allá del recinto Garoclub, la música de baile fue una de las sorpresas del festival. Lo dejarían claro los ritmos de nu-disco y deep house de los franceses Synapson o el new weave, sustentado en su éxito “Player in C”, de Lilly Wood and the Prick. Aunque tuvo que ser el hijo pródigo de Richie Hawtin y Ricardo Villalobos, el danés Kölsch, el que pusiera las bases definitivas para una auténtica hora de baile: juego inteligente con la pista y vaivén de intensidad. Hasta se atrevió a pinchar a Prince. Y para el que no tuviese suficiente, el festival dispone de una vasta zona de camping: todo un espacio de techno improvisado y, seguramente, el escenario que más horas aguantó de toda la programación. Hubo el que ni siquiera entró al festival; y el que, cuando entró, lo hizo con la piel hecha jirones de las horas al sol.

Y cómo no, por algo estábamos en Francia, el festival ofreció rap y vertientes a manta: desde la propuesta masiva de Casseurs Flowters hasta el soplo de felicidad al micro que supuso la solitaria Jain (foto inferior). No se quedaron atrás Odezenne (foto superior), que con “Dolziger Str. 2” (2015) incorporaron matices de french techno a canciones densas como “Bouche à levrès”.

jain-en-garorock-por-nicolasjacquemin

¿Hay algo más importante que un concierto de Savages hoy en día? Pues sí. Un Francia-Islandia. El recinto se vació de un momento a otro el sábado, como quien tira de la cadena, cuando las chicas de Jehnny Beth salieron a escena: los aficionados de los bleus intercambiaron una goleada por otra. Hubo otros que, sin la competencia de un partido de la anfitriona de la Euro 2016, también tuvieron problemas de público, en su mayoría en el escenario más alejado, el Scène du Trec. No lo pasaron bien Glass Animals y su psicodelia alborotada. Tampoco Unknown Mortal Orchestra encontraron su hueco en las primeras horas de la tarde. No ocurrió lo mismo con Slaves (foto inferior). Eran pocos ante el neo-punk vitaminado del dúo, pero la gente no dudó en dejarse las rodillas botando con “Are you satisfied?” (2015), ni en abuchear con fuerza cuando —en tono jocoso— los ingleses citaron el Brexit. El festival ya había traspasado el ecuador: a quemar las naves.

Slaves-en-Garorock-por-nicolasjacquemin-

“¿No estuvieron bien Muse?”, se lamenta Henri cuando nos despedimos, camino al tren. Como si tuviese una relación estrecha con ellos, hace una mueca de disgusto mientras mira a lado y lado de la calle antes de meter primera de nuevo. Como buen aficionado al rock, le sugiero a The Kills (foto inferior), que la noche de antes habían puesto patas arriba el escenario gracias a “Ash & Ice”. “Los escucharé”, me comenta. Aunque primero dejará pasar unos días: la resaca del festival afecta a la zona… Estas no son unas fiestas de pueblo cualquieras.

the-kills-en-Garorock-por-nicolasjacquemin