Miércoles noche en el centro de Madrid. Los turistas toman una Plaza de El Sol desangelada y un nutrido grupo de mayores se agolpa en la puerta de un teatro de la calle de las Tres Cruces. Mientras, en el bar, el fútbol se lleva toda la atención. En Wurlitzer Ballroom todavía es temprano para comenzar y los miembros de Cuello toman algo, relajados, entre grupos de amigos y algunos curiosos en solitario que posiblemente no hayan convencido a nadie para ir a escuchar a esa banda tan rara, en realidad un rumor incesante en el panorama nacional desde la publicación el año pasado de su primer largo, “Mi brazo que te sobre”. En esta ocasión, los valencianos llegaban para presentar el que ya es el segundo disco de su urgente trayectoria, “Modo Eterno”, y bien podría decirse que lo particular del momento elegido para ello tiene cierta coherencia con la imprevisible forma de afrontar su carrera, nacidos como proyecto paralelo del Betunizer José Guerrero y creciendo sobre la marcha.

Aunque en ningún momento superaría el tercio de aforo, pasados unos minutos la sala iba cogiendo color. Y, ya sabemos, siempre es recomendable contar con la hospitalidad de un anfitrión en plaza ajena, papel que en este caso cumplía visiblemente encantada una formación como El Pardo, habituales de la nueva escena madrileña. Siempre soprendente, imprevisible y combativa, la banda liderada por Raúl Querido subía al escenario de Wurlitzer Ballroom sabiéndose en casa y “atacando” en riguroso orden con los temas de su primer largo, “El inútil de Mariano” y “Las clases ociosas”. Cadencias inquietantes y dardos envenenados a cargo del prolífico músico, que golpeaba de espaldas y con una rabia que crecía por minutos la batería de Paula Fernández. Retratos y caricaturas a través del punk de una sociedad de baja por enfermedad. Grata impresión y retirada a tiempo, como el que deja el mejor sitio a su invitado.

Así llegábamos al momento esperado en el que, con Cuello ya sobre el escenario, Óscar Mezquita marcaba imparable a la batería el ritmo de “Estudiándote”, arrancando un concierto en el que encadenarían hits sin piedad aparente. Valga como prueba de su entrega que el propio Mezquita se desprendía de su camiseta a poco de llegar al segundo tema, entendemos que por pura supervivencia. La noche estaría obviamente protagonizada por las canciones de su último disco, de “Cara de hombre” a “La Palabra es la clave” o “Tren de poder”, dando paso a continuación a las que ya tienen pinta de grandes éxitos, las tremendas y coreables “Te veo sin valorarte” y “Mosquetero débil cisne”.

Resulta embriagadora la contundencia lograda por esta banda, formada por músicos con experiencia en formaciones del todo dispares en cuando al estilo. Desde el punk rock y el hardcore, y a través de la personal voz de Guerrero, Cuello han logrado dar con la complicada tecla de la personalidad, atacando a lo más básico de los sentidos con melodías efervescentes, letras algo crípticas y una base rítmica imprescindible. De ahí al drama total con el bajo de Nick Perry, que fallaba en puntos clave de la noche y terminaba por morir, salvando la complicada papeleta gracias a los miembros de El Pardo, dispuestos a echar un cable. Mención especial con el concierto llegando a su fin a un tema como “Ecografía de tu morbo”, esencia y resumen de la montaña rusa musical que es Cuello tanto en disco como en directo.