Algunas noches son especiales por el ambiente que se crea, otras lo son por el escenario en el que se desarrollan y algunas lo son por su exclusividad. La nueva visita de los escoceses Franz Ferdinand a la Ciudad Condal lo fue fundamentalmente por dos de esos tres motivos. Fue una noche especial porque los organizadores supieron encontrar un escenario particular, pero que cumplió con todas las expectativas de comodidad y sonido. ¿Qué faltan salas para conciertos? Pues el escenario elegido para que Kapranos y los suyos obsequiasen con una hora de actuación a los ganadores de este concurso resultó ser un lugar excelente para acomodarnos. También lo fue porque poco más de un millar de personas tenían el privilegio de vivir una noche especial en la que no faltaron tampoco el merchandising o la barra libre. Ahora bien, quizás debería centrarme más en lo artístico. Ahí Franz Ferdinand cumplieron sobradamente, como de costumbre. Sonaron rotundos, desplegaron una lista de hit singles sin altibajos, no se olvidaron de prácticamente ninguno de sus éxitos y se entregaron como siempre. En ese sentido, el concierto de anoche no fue más especial que ninguna de sus últimas visitas a nuestro país. Y no lo fue porque el cuarteto goza ya de un nivel en el que, a falta de que llegue la excepción, no cabe aquello de “una mala noche”. Su efectividad y su energía no admiten duda, la gente se contagia desde el minuto cero y no se baja de la noria hasta que las luces se apagan y el motor para. Lo único, y subrayo, lo único, que resta valor a una actuación aquí y ahora del grupo es haberles visto hace poco. Como buena parte de los grandes del pop y el rock, la energía puede variar, el espíritu también, pero no la puesta en escena, el repertorio o los tics. Con eso vengo a decirles que fue una gran noche, pero no esa grandiosa noche que podría haber sido. Hubo el número de las timbalas, hubo el final electro de “Lucid Dreams” y hubo el mar de brazos que van de izquierda a derecha. Ah, eso sí, también hubo fugaces apuntes de lo que nos espera para el futuro más próximo del grupo, un sonido de teclados aún más protagonista, pero también mucho más garajero.