Con Franz Ferdinand se cumple totalmente la frase de Frank Zappa “hablar sobre música es como bailar sobre arquitectura”. Es lo que pasa cuando se tiene un sonido tan físico, que te sienta como un tiro o te entra de maravillas, como las anfetaminas. Así, el 22 de diciembre se pudieron ver bocas desencajadas de la emoción, cuellos rígidos de indolencia y hasta ojos fulminantes de reproche. El concierto de Franz Ferdinand era de esos “a los que hay que ir” y por eso el Rockódromo de la Casa de Campo se convirtió en un escaparate donde se empujaban y sudaban mutuamente modernitos de pro, con individuos ajenos al post punk y a los hypes, desconocedores de la discografía de Gang Of Four y hasta blasfemos que piensan que sus dos álbumes son igual de buenos porque, a fin de cuentas, son calcados el uno al otro. Después de la muy agradable sorpresa de The Rakes (no confundir con Brakes… o sí), los de Alex Kapranos salieron en plan avasallador, soltando “This Boy”, “Do You Want To” y “Take Me Out” a las primeras de cambio. Duelos de guitarras, estribillos coreados hasta el infinito, un sonido atropellado que hasta les vino bien y todo… la mercancía de Franz Ferdinand es efectiva, simple y sin adulterar. Si acaso, se les puede reprochar que acabe resultando un tanto cansina, por el parecido entre las canciones. Una sensación que parece confirmarse cuando, después de “I´m Your Villain”, “Michael” y de una prolongada “40’”, los cuatro de Glasgow reapareciesen en el bis. Como nota desconcertante, la despedida con “This Fire”, una jam de percusiones en la que participaron The Rakes y un tipo con tanga rojo y gorro de Papá Noel. Pero, para mí, lo realmente desconcertante es cómo se puede hacer rock con la camisa metida por dentro.