A sus 72 años Franco Battiato sigue con su loable empeño de crear y ofrecer una música excelente tanto el disco como en directo. En lugar de dedicarse a componer alguna obra que otra de vez en cuando, vivir de las rentas y dedicarse a meditar en su aldea, él ha elegido el camino de seguir en activo y continuar una carrera que comenzó en los años sesenta, se cimentó en los setentas y terminó por hacerle famoso en los ochentas con ese ramillete de éxitos que todos hemos escuchado alguna que otra vez, bien por la radio en alguna emisora nostálgica o bien en casa de nuestros padres y/o familiares. Todo ese recorrido generacional y la calidad que atesoran sus composiciones es lo que hacen que este hombre sea prácticamente un ídolo para un público intergeneracional, algo que quedó plasmado en el estupendo concierto que ofreció el pasado martes en el Real Jardín Botánico de Alfonso XIII – remozado para este ciclo de conciertos y que llevaba varios meses con el cartel de entradas agotadas – donde uno podía observar a varias generaciones de fans disfrutando y emocionándose juntos.

El concierto dio comienzo con un breve show de un compañero suyo de correrías en los setenta, el cantautor Juri Camisasca, que interpretó cuatro temas con la banda de Battiato, entre los que se incluyen el famoso “Nómadas” que compusieron a cuatro manos. Tras esta breve introducción presentó a la estrella de la noche, un Battiato vestido con una chaqueta roja y de andar lento que fue directo a sentarse en su diván mientras su banda – formada por el pianista Carlo Guaitoli, el teclista Angelo Privitera y el Nuovo Quartetto Italiano a las cuerdas – comenzaba a calentar con un “Stati di Gioia” que arrancó los primeros aplausos de un público entregado desde el minuto cero del show. El formato de la banda, con esas cuerdas deliciosas y esos teclados y piano creando ambientes y melodías atemporales, permitía dejar espacio para que su voz comenzara a calentarse y a dejar de lado los achaques de la edad, yendo de menos a más, algo que pasó también con su estado físico, ya que a eso de la mitad del concierto se animó a levantarse. Tras este tema comenzó lo serio, con un trío de canciones (“Le sacre sinfonie del tempo”, “Secondo Imbrunire” y “Fornicazione” mezclada con un genial “No time no space”) de los de poner la piel de gallina.

Tuvo tiempo también de tocar canciones menos conocidas – para los que no estábamos muy metidos en toda su carrera – que alternó con sus grandes éxitos de toda la vida y alguno más reciente como “La cura”, canción bella, emocionante y triste donde las haya. Mientras tanto hubo algunos intentos de comunicación con un público que aplaudía cada uno de sus gestos, sobre todo cuando cantó en castellano “La estación de los amores”, otra obra maestra que conjuga poesía y una música atemporal que bebe tanto de la música clásica como del pop y del avant-garde. Y para cerrar una noche ideal, con un tiempo agradable –para ser mediados de julio – y una ubicación más que aceptable, nada mejor que uno de sus grandes éxitos, un “Voglio Vederti Danzare” que levantó a todo el mundo de sus asientos e hizo que durante unos instantes el mundo fuese algo mejor y más bello