No cabe duda, el negocio de la música tal y como lo conocimos ha cambiado mucho. No sé si a mejor o a peor, pero es obvio que ha cambiado. Desde los sistemas de promoción, hasta cómo consumimos la música. Vender discos se ha convertido en una quimera, y la llama de los conciertos la mantiene ahora más viva los festivales de verano que las giras convencionales. Nos guste o no para ver a grandes grupos te tienes que abonar a la política de masificación en eventos de dimensiones desproporcionadas donde coinciden un centenar de propuestas distintas. Por esa razón, que una banda como Foo Fighters idee una campaña de promoción como la que le llevó hasta Barcelona la noche del sábado es un gran gesto. Lograron el efecto deseado: que durante la semana no se hablara de otra cosa al menos en el ámbito de la música. Su nuevo disco “Concrete And Gold” (con infinidad de colaboradores ilustres) se publicaba el viernes, y el anuncio de un concierto secreto en Barcelona (que al final se convirtió en cualquier cosa menos secreto) provocó el delirio; conseguir una entrada para esa cita era un objetivo prácticamente común entre los mortales fieles al rock, ya fuese a través de concursos o en otras plataformas diferentes. Dave Grohl tenía una cuenta pendiente con la ciudad porque hace dos años canceló su visita. Una decisión tomada tras los atentados en la Sala Bataclan de París durante un concierto de Eagles of Death Metal. Este verano Foo Fighters actuaron en Mad Cool dentro del marco de un festival, y entonces, pocos podían imaginar que apenas dos meses más tarde, tocarían en una sala con capacidad para poco más de mil personas. Era una ocasión única, casi irrepetible.

Dave Grohl es el chico más listo de la clase, cuando éramos niños e íbamos a la escuela, siempre había uno que destacaba más, y no por sacar mejores notas que el resto, ese dominio estaba en la intuición, en la picardía. Y en su caso se suma la sonrisa y el sentido del humor, dones naturales que tiene y explota. Le funciona como imán para atraer a la gente, es un bálsamo en tiempos de zozobra. Por eso, todos le quieren tener cerca, muy cerca, como en esta cita ideal.

Foo Fighters se hicieron de rogar, aunque no tanto como acostumbraba Axl Rose. Y lo cierto es que para este concierto había dos teorías: se rumoreaba que primero tocarían el disco nuevo del tirón y después caería toda la batería de hits, o bien la que apuntaba directamente a su último repertorio en Estocolmo con las canciones mezcladas. “I´ll stick around” disipó las dudas mientras regulaban sonido y emociones entre el público. Con “All my life” ya estaba todo en orden y para cuando llegó “Learn to Fly” sacaron a relucir esa otra faceta del grupo, no tan directa, más melódica y en clave pop, que también les sienta de maravilla. Grohl salió con una camiseta negra con agujeros y con muchas batallas corridas, de esa manera se siente como uno más entre la plebe en lo que se me antoja un método perfecto de integración. A pesar de la pegada y carisma de Taylor Hawkins (otro que hace de la sonrisa su lema vital), que Nate Mendel está cómodo en su posición y que a Pat Smear se la sopla todo manteniendo intacta su leyenda, el centro de atención es él. Lo da todo desde el minuto uno, pero a ti también te exige el mismo esfuerzo: si tú respondes él está ahí para darte más cera, es un juego limpio, sin asperezas, un intercambio de golpes que dura tres horas, sin respiro ni descanso.

Con “The Pretender” se recrea, es un sube y baja, coquetea con la canción (punteos como los de AC-DC correteando como Angus Young), a continuación “These days” amansa a las fieras, y después un momento valle, con bromas, guiños a Ramones, Lenny Kravitz, Queen o The Knack, y más piezas de su novedad más reciente. A partir de “My Hero”, un bombardeo, euforia generalizada, sudor y empatía desbocada, empalman uno tras otro clásicos, y en el que desde ya se incluye “Run”, otro estribillo que todo el mundo se sabe de memoria. “Skin And Bones” tiene ese sello de calidad, con esas acústicas retumbando en lo más profundo de nuestros corazones. La adrenalina de “Monkey Wrench” y la dulce vitalidad de “Everlong” (esta como cierre) demuestran algo evidente, “The Color And The Shape” sigue siendo su mejor disco, mientras “This is a Call” y “Big Me”, que son parte de su icónico debut, conservan un sabor especial, carácter cómplice. Y para finalizar “Best of You” podría ser uno de los himnos de una generación que tiene a Dave Grohl como a su Dios. Y con razón, porque sigue siendo el más listo, un superviviente.