Mucho han cambiado las cosas desde que Florence + The Machine visitó Barcelona en 2010 en la sala Bikini. En aquella ocasión, tras el lanzamiento de “Lungs”, la británica se postulaba como la última promesa del pop barroquista, una especie de elfo que había emergido de la profundidad de los bosques para compartir con el mundo su visión del melodramatismo ilustrado. Aquellos que estuvimos presentes en aquella cita ya advertimos de que a la pelirrojiza el escenario se le quedó pequeño y requería de otro espacio mayor en el que poder lucir en condiciones sus pasionales interpretaciones. Y así ha sido seis años después, reconvertida ya en una estrella rutilante que juega en la primera división musical, que Florence Welch y sus máquinas desembarcaron en el Palau Sant Jordi con una colección de hits que sorprende atendiendo a que hasta la fecha sólo cuentan con tres discos. No hay que ser ninguna lumbrera para saber que la carrera de la banda todavía puede ir a mucho más.

A pesar de que el Palau Sant Jordi no colgó el cartel de “no hay entradas”, eso le pareció insignificante a Welch, quien descalza y ataviada con un vaporoso vestido semitransparente no paró quieta contoneando esa larga cabellera que es una prolongación de sí misma. En trance, y muy atenta con los seguidores de las primeras filas (sacó de entre el público a una joven que iba con una pancarta en la que pedía matrimonio a una de sus coristas), pocas pegas se le pueden poner a las cualidades vocales de ella, que brilló con luz propia cuando, sin apenas artificios, interpretó una versión acústica de “Sweet Nothing” (el tema con el que en 2012 se acercó a las pistas de baile de la mano de Calvin Harris) y “Cosmic Love”. Aunque eso sí, al menos en la parte delantera de la pista, el sonido del grupo al completo resultó descafeinado, apenas sin fiereza. En la grada parece ser que los matices sí se apreciaron con mayor atino, por lo que el problema debe achacarse a sus técnicos de sonido y no a la banda, que en esta ocasión incluía un arpa y hasta una orquesta de vientos.

Tras arrancar con “What the Water Gave Me” y “Ship to Wreck”, uno de los primeros momentos más celebrados por parte del público vino con “Shake It Out” y “Delilah”, uno de los temas de su último largo que mejor están funcionando entre su parroquia de seguidores. Igual de aplaudida fue su versión del “You Got the Love” de Candi Staton antes de cerrar con “Spectrum”, “Dog Days Are Over” (la canción con la que se dio a conocer) y, ya de cara al bis, la majestuosa “What Kind of Man” y “Drumming Song”. Sin ningún atisbo de pirotecnia y con una puesta en escena de lo más austera, la atención se centró acertadamente en el repertorio y, sobre todo, ella. Sin duda, en nuestros días, pocos animales escénicos existen como Welch. A pesar de las deficiencias del sonido, indiscutiblemente, ella es una genia y figura.

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