Dice la letra del tango “Volver” que veinte años no es nada. No poco. Dímelo a mí, que nací en 1988. Para algunos, es la diferencia entre haber conocido un FIB y otro. El de mayoría de público español o el ocupado por los chavs británicos, por ejemplo. Y desde hace algún tiempo, a los más viejos del lugar se les escucha con demasiada frecuencia aquello de que “el FIB ya no es lo que era”. Que no es lo mismo que “con Franco vivíamos mejor”, vale, pero sí denota un exceso de nostalgia poco saludable. El FIB es lo que es: Un festival que, hoy por hoy, puede colocar a David Guetta de cabeza de cartel (lo hizo en 2012) y al mismo tiempo conseguir el único bolo en España de los resucitados The Libertines (este mismo año). Es lo que hay. O lo tomas o lo dejas.
Nosotros, por supuesto, lo tomamos. Y desde bien pronto, que no es cosa de poner en manos del azar la ubicación en el camping. Por eso llegamos a tiempo para comprobar que las actividades de Rock This Town (grupos de la Comunidad Valenciana tocando por el casco urbano del pueblo en los días previos) funcionaron bastante bien de público e incluso contaron con bandas de interés, como Montefuji o deBigote.

El festival de verdad empezó el jueves, en el recinto, con la mala leche de El Pardo, que parece que de un momento a otro van a dejar de componer canciones para ponerse a fabricar cócteles molotov. Que quizá es lo que deberían hacer si van en serio, aunque a nosotros ya nos vale con sus pelotazos. De hecho, fueron el mejor grupos estatal de una jornada en la que Gaf y la Estrella de la Muerte se hicieron fuertes a base de largos desarrollos instrumentales, Aurora rellenaron la instancia como promesas de futuro del indie, John Gray reivindicó a Backstreet Boys (no es broma) y Mucho nos hicieron echar de menos a The Sunday Drivers.

Quienes lloraban por el FIB de antaño pudieron disfrutar del apañado directo de unos James que, tan longevos como el propio festival, mantienen el tipo de manera envidiable. Ayudan hits como “Sometimes”, la personalidad de Tim Booth y, sí, la falta de competencia, porque Klaxons no pasaron de la corrección. Le pusieron muchas ganas, pero les faltan canciones, circunstancia común a muchos de los grupos del cartel de este año. Con Ellie Goulding llegó el delirio choni, y la prueba de que por mucho que nos quejemos los puretas, hay más de veinte mil personas (personas guiris, se entiende) dispuestas a congregarse ante ella en el escenario principal. Su propuesta musical es de nivel muy bajo, como la de Katy B, aunque al menos hay que subrayar que la segunda tiene un pedazo de voz imponente. De su cuerpo de baile mejor no hablamos. Dos maneras diferentes de encarar el pop comercial (con ribetes R&B) a las que hay que añadir también (ya el sábado, como Katy B) la de Lily Allen, que por fin actuó en el FIB. Ofreció un buen show (iluminación, diseño de escenario, banda, bailarines), dentro de unas coordenadas sonoras más expansivas, con bastantes ritmos jamaicanos, que en estos casos siempre puntúan al alza. A todas las barrería del mapa M.I.A. el domingo, con un show rácano (apenas cuarenta y cinco minutos) que no necesitó de muchos elementos extra (el DJ de turno, proyecciones y dos bailarines), porque con el arsenal de canciones que se gasta la guerrillera fashion era más que suficiente para arrasar con todo.

Para dar por cerrado el jueves, dejemos constancia de que Tinie Tempah abusó de las apelaciones al público y la pirotecnia, mientras que Chase & Status ofrecieron lo que se exige de un artista que sale al escenario a las tres de la madrugada: caña. No son el colmo de la sutileza, pero teniendo en cuenta cómo fue de más a menos Alesso en la jornada del domingo, hay que reconocerles su capacidad para mantener a la chavalería en forma hasta la hora de cierre.

El viernes era el día de Kasabian, que tuvieron hora y media para rendir a los treinta mil asistentes a sus hits de brit pop con aliño bailable y sin ganas de complicaciones. Guste o no, sus canciones resumen el signo de unos tiempos convulsos que se rigen por la capacidad de las bandas masivas para conectar con la pulsión más primitiva del oyente, y ellos lo consiguen. Otros lo hacen mejor usando herramientas similares, pero esa es otra historia. Fueron los grandes triunfadores de un día en el que la vieja guardia pudo agarrarse al clavo ardiendo de Paul Weller, un clásico en vida que no ha ofrecido un mal concierto en toda su carrera y que por tanto no iba a hacerlo en el FIB. Repaso de sus dos últimos discos y guiño a los especialistas con citas a The Style Council y The Jam (una de cada, lo justo para que no haya quejas).
El sonido retro también protagonizó los conciertos de un Jake Bugg que repetía (esta vez vino con banda) y unos Tame Impala instalados en una frondosa nube psicodélica a la que subieron al personal a base de mantras y proyecciones hipnóticas. Antes, Albert Hammond Jr. se había puesto un poco punk (hasta el punto de tocar un tema de Buzzcocks) y Of Montreal lucharon con mucha clase y un cargamento infalible de pop sintetizado contra una tromba de agua que se llevó por delante a Automatics. Triste retorno el suyo, con Jose Lozano leyendo sus propias letras en un atril (!) y la banda mostrando una actitud desganada e indolente. Mejor estuvieron Manel, que ofrecieron el concierto de siempre en versión reducida, y Juventud Juché, que se lo pasaron en grande frente a los cuatro gatos que no estaban ante el escenario Maravillas.

Además de Katy B y Lilly Allen, el sábado hubo otra mujer que merece mención: Cat Power. Viste mucho peor que las otras dos, y nunca está satisfecha (se quejó de los monitores durante todo el concierto), pero derrochó clase a raudales. En una cartel en el que hay tanto relleno no se entiende que su actuación coincidiera con la de The Libertines, pero así fue, con lo que tocó cambiar de escenario para asistir a una resurrección bastante digna, gracias a un repertorio con numerosos ganchos (es lo que tiene disponer de solo dos discos) y a la voluntad de Doherty y Barât de ofrecer una imagen apta para todos los públicos, tras tantos años de tropelías. Será cosa de la madurez, pero el caso es que cumplieron, aunque no hay noticia de que nadie se desmayara viéndolos. Más o menos como Manic Street Preachers, a quienes no se puede hacer reproche alguno: Buena selección de temas (recorriendo gran parte de su discografía), actitud enérgica y, eso sí, puesta en escena mejorable (la chaqueta de Nicky Wire era de juzgado de guardia, y James Dean Bradfield parecía un vendedor de seguros).
El resto de la jornada fue pura anécdota, incluyendo la poderosa descarga de Triángulo de Amor Bizarro, que llegó demasiado temprano y comienza a correr el peligro de causar cada vez menor efecto por culpa de la frecuencia con que se repite.

El domingo por la tarde el recinto parecía un capítulo de “The Walking Dead”. Menos gente que en días anteriores, pero más agotada. Y la monotonía del catecismo (perdón, repertorio) de Travis no contribuyó a despertar al personal. Tampoco el amable folk-pop con aires épicos de Kodaline, que (todo hay que decirlo) puso en órbita a la audiencia irlandesa. Hasta que no llegó M.I.A. todo resultó bastante aburrido (no en vano era tarde de domingo), incluso la simpática verbenilla de The Presidents Of The USA, pero después la cosa mejoró, con unos The Charlatans que no se dejaron ni un single en casa y un Paolo Nutini que cultiva ese convencional soul del típico blanco-que-quiere-ser-negro, pero que contentó a sus fieles (y no eran pocos). Suyo fue el último destello de brillo de un FIB 2014 que, dicen, ha recuperado público español. Del cartel que confeccionen el año que viene dependerá que siga haciéndolo.