Buenas noticias, el Festival Cruïlla Barcelona rompe su techo y eleva a 31.000 la cifra de asistentes. Un evento que lleva desde sus inicios apostando por un modelo propio que pasa, justamente, por no tener limitaciones estilísticas (más en línea con otros festivales europeos) y que por fin ha demostrado que es posible salirse de cierta dictadura estilísticas.

Pese a su “no estilo”, curiosamente este año la programación del viernes bien podría caber en una jornada del Primavera Sound (excepto por la cantidad de grupos), con bandas como Suede, Cat Power, Billy Bragg, Rufus Wainwright o Wyclef Jean, entre otros, mientras que la del sábado era mucho más variada y colorida, Goran Bregovic, Rokia Traore, Tiken Jah Fakoly, Tego Calderón, etc. y que a la postre tuvo mayor presencia de público. Aunque el festival también presta atención a la escena local con propuestas como la de Joan Colomo, Pau Vallvé, Joan Dausa o Esperit.

Si tenemos que destacar lo más importante de cada día, diríamos que el viernes los galones se los llevaron unos Suede con sabor a nostalgia. Admitamos que fue el grupo que más público atrajo, sin embargo la suya fue una actuación que no pasará a la historia. Es evidente que Brett Anderson sigue siendo un animal de escenario, con un carisma fuera de toda duda, pero echando un ojo al repertorio queda claro que viven del pasado, “We Are The Pigs”, “Animal Nitrate”, “The Wild Ones”, o un final con “The Drowners”, “So Young”, “Metal Mickey” (los tres de su primer disco) y “Beautiful Ones” dejan claro que se quedaron ahí. Nada que objetar si eres fan, porque musicalmente funcionan, pero si no, mejor irse a ver a Toundra.

 

Los madrileños si que destilaron pasión. A momentos parecían estar luchando cada uno contra su instrumento y ponen una intensidad tal y un buen hacer, que te renueva la fe en el post-metal. Diametralmente opuestos a Cat Power que poco después de media tarde y con un público muy expectante, dio un show bastante soso. Lo cierto es que también tuvo algún problema de sonido en sus inicios y que su banda no le dio mucha seguridad, aun así Chan Marshall, con una buena y sugerente voz, desgranó un repertorio casi repleto de su último disco, “Sun”, con algún viaje al pasado (“King Rides By”, “I Dont Blame You”). Su concierto fue de menos a más y solo superó su aire lánguido al final con  la desesperada y cruda “Ruin”.

Resultó curioso que justo después Rufus Wainwright, con un set list también con abundantes temas de sus primeros discos (“Matinne Idol”, “Poses”, “Grey Gardens”, “California”, “Rebel Prince”, “Cigarettes and Chocolate Milk”, etc) y tan solo con un gran piano o con su guitarra, fuera capaz de enganchar a todo ese público que venía de ver a Cat Power, y a algunos más. Su vitalidad y sentimiento cantando atrapó a la multitud, aunque dada la dispersión que se crea en un festival de está magnitud, Rufus aún se atrevió a pedir atención al público para cantar “Memphis Skyline” y el mítico “Hallelujah”.

 

Otro artista a destacar fue el activista social, político y musical, Billy Bragg. Repasó temas de su nuevo disco “Tooth & Nail” (que sigue la estela del “Mermaid Avenue” que grabó con Wilco), con una reducida banda donde la steel guitar cobró protagonismo. Hablador como siempre, no paró de lanzar proclamas: defensas al matrimonio homosexual, avisos contra el racismo o ánimos a la clase trabajadora. Un concierto de lo mejor del día que dejó prendas como el “All You Fascists…” (de Woody Guthrie) o el “Dead Flowers” (Rolling Stones) y que acabó con él solo a la guitarra eléctrica destilando espíritu punk.

Los catalanes Standstill tampoco defraudaron con “Cénit”, el espectáculo diseñado especialmente para festivales, con unas luces y proyecciones muy atractivas que resaltan los emotivos pasajes de su nuevo disco. No les dio tiempo a recuperar canciones antiguas, algo que se le reclamaba, pero los que lo siguieron desde el principio, se quedaron maravillados. Y aún del primer día subrayamos al jamaicano y venerable Ernest Ranglin dando lecciones de sutil, elegante y armónico reggae jazz. El descaro de Wyclef Jean que es capaz de cantar el “Guantanamera”, el “Redemtion Song” (Bob Marley), el “Rivers Of Babylon” (que popularizaron Boney M) o hacer que la marea humana hiciera espacio, cual Moisés, para que él pasara hasta la mesa de sonido y vuelta. Lo suyo fue una fiesta, aunque muchos lo llamarán “morro”. O la efectividad de Buraka Som Sistema que a las tantas de la noche pusieron a bailar kuduro a todos los que quedaban en el recinto. Lo suyo es garantía de movimiento.

De la sesión del sábado el triunfador, por sorpresa, fue Goran Bregovic y su orquesta de bodas y funerales. Conocíamos de sobra su propuesta y lo que es capaz de hacer, pero no imaginábamos que iba a reunir a casi los dieciséis mil espectadores que asistieron ese día y los iba a poner literalmente a brincar, incluidos los que estaban en las gradas. Su repertorio de clásicos balcánicos (“Mesecina”, “Kalasnijkov”, “Gas Gas” o el infalible “Bella Ciao”) fue de pura locura y una demostración del poder del “metal” (llevaba una decena de vientos). Antes de él, Tiken Jah Fakoly había calentado las caderas del público con su reggae africano y con su gran banda. Sus canciones rebeldes tienen el sabor de Kingston, pero la utilización de la kora y el ngoni (instrumentos africanos de cuerda) le dan una sonoridad especial y atractiva.

Otros dos triunfadores del sábado fueron Fermin Muguruza, en su nueva gira después de seis años, y Trombone Shorty. El de Irún celebrando sus treinta años de carrera y sus cincuenta de vida, aunque vista la vitalidad, parece más motivado que nunca. Lo suyo también es garantía de efectividad y sus clásicos (“Big Beñat”, “Euskal Herria Jamaika Clash”, “Radio Rahim”, “Sarri Sarri”) siguen funcionando como un reloj suizo. Y el de Treme (New Orleáns) tiene un directo de una fuerza descomunal, su funky jazz urbano engancha fácil y tanto él (que es capaz de soplar la trompeta de forma continua por lo menos durante tres minutos seguidos con la técnica de respiración circular), como su banda, son impresionantes.

Capitulo aparte para el californiano Snoop Dogg (en la foto superior), ahora Snoop Lion. Aunque pasó del reggae de su último disco y se inclinó hacia su exultante rap. Lo cierto es que dio un resultón y muy vistoso show repleto de hits, con tres bailarinas con muy poco ropa y tres MC’s, pero se nos antojó demasiado ruido y pocas nueces, aunque evidentemente funcionó. Algo parecido ocurrió con Tego Calderón y su reggaeton. Hicieron bailar de lo lindo con sus buenas letras y sus ritmos balanceantes, pero a medio show ya se nos antojó demasiado plano musicalmente. Aunque la perla de la noche fue la malí Rokia Traore. Su afro blues, que ahora mira también al rock, “gracias” a John Parish, su magnética presencia y una voz tocada por el dios de la música, la alzan a los imperios de los sentidos. Su banda e instrumentación entre africana y occidental fue el complemento perfecto para esas canciones telúricas que en ese escenario del Fòrum encontraron su espacio perfecto.