Se trataba de crear puentes, de mezclar culturas con más en común de lo que a veces pensamos. Y en ese sentido fue todo un éxito. Los cambios de orden de actuación durante la semana y en el trancurso del propio festival, los retrasos e incluso las cancelaciones supusieron una decepción para los asistentes, algo sin duda compensado sobre el escenario por el tremendo cartel que tocaba disfrutar. La nostalgia llamaba a la puerta con unos incorregibles y muy en forma Molotov, la magia con los inconmensurables e inspirados Jorge Drexler y Xoel López, y la fiesta con Chico Trujillo o Bomba Estéreo. Dos noches que valieron sobradamente la pena en el Jardín Botánico Alfonso XIII de Ciudad Universitaria, nueva ubicación del festival tras la experiencia del año pasado enmarcado en la programación del Cultura Inquieta de Getafe.

En la jornada inaugural, los encargados de abrir la lata eran Los Nastys, joven banda de garage procedente de La Mancha con patentes ganas de comerse la escena. En ocasiones pasados de frenada por ese hambre, actitud y una incontenible pose punk, pero con canciones como “Never digas never” que marcan un buen camino. A continuación, tremendo giro en forma y fondo con la aparición de Toundra sobre el escenario. La heterogeneidad se convertería en seña de identidad del festival, mezcla intencionada de géneros y nacionalidades iberoamericanas. Aún con poco público y esos últimos rayos de sol tan molestos sobre nuestras cabezas, la banda de rock instrumental se hacía progresivamente con el público. Impensable hace unos años que una formación así pudiese abandonar con tanta soltura el underground, pero comprensible abriendo solo un poco las orejas y dejándose llevar.

Llegaba a continuación el primer cambio de planes, saliendo a escena el argentino Chancha Via Circuito para deleitar con su sesión de ritmos latinos y no Molotov, tal y como estaba previsto en el horario original. Daba un poco igual en realidad, buena parte de la comunidad latina se había reunido allí para celebrar la visita de bandas cuya presencia escasea por estos lares, y la fiesta continuaba. Los grandes responsables de que así fuese llevan por nombre y apellidos Guacamayo Tropical, pareja de Djs invitados, en adelante al cargo de la música entre actuaciones, dando paso a los dos momentos más esperados de la noche.

Punks y abrasivos, si alguien se había olvidado de ellos, Molotov llegaron a demostrar no solo que siguen ahí, sino que continúan siendo una banda grande. Desde la brutal y vigorosa pericia técnica (ante todo en batería y bajo) a la misma producción, con las luces siendo parte clave del show. La bandera de México se dibujaba en la noche del botánico cuando sonaba “Frijolero”, reivindicación ante los prejuicios de los estadounidenses, poco después de contentar a la afición con el inevitable y siempre necesario “Gimme tha power”. Uno de los momentos del festival llegaba con la aparición en escena de Pablo Carbonell y Los Toreros Muertos al completo, interpretando con los mejicanos “Mi agüita amarilla” en su versión original. Tremenda descarga de adrenalina tras la que era aconsejable seguir reservando fuerzas, pues llegaba el momento de la visita de Bomba Estéreo. Los colombianos se hicieron de rogar y la espera se hacía eterna, pero lo compensaron con creces a base de hits como “Somos dos”, carisma y  electro latino con gusto y sensibilidad.

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La segunda jornada arrancaba entre una gran confusión. Después de una hora de retraso aparecía en el escenario Juana Molina, visiblemente incómoda, hasta el punto de abandonar sin terminar el segundo tema, asegurando no escucharse. Lo que parecía una pequeña pausa para resolver problemas técnicos derivó en cancelación, dando paso directamente a Tulsa, que en teoría iban a ser los que inauguraran este segundo día. La cantante bonaerense se quitaría la espina al final de la noche, gracias a un generoso Jorge Drexler que apaciguaba la frustración cediendo parte de su tiempo para interpretar “Cúrame”. Entre tanto, la tarde trataba de arrancar gracias a unos Club del Río humildes y libres de complejos, que se encargaban de amenizar la espera con un acústico en lo que en origen era simplemente zona de bienvenida o photocall, demostrando que la apuesta por sus canciones va muy en serio.

No tuvo demasiado tiempo en escena Tulsa, que se presentaba con formación algo ampliada, en cuarteto, para incidir en la vuelta de tuerca que supuso en su música un disco como ‘La Calma Chicha’ (Gran Derby, 15), incluso absorviendo desde un punto de vista musical canciones como “Carretera”, antes de marcado tono folk y ahora llevadas a un mundo onírico, casi experimental. Con Miren Iza las prisas nunca son buenas, pero aún así no dejó de contentar a sus seguidores con canciones recientes, de esas que vinieron para quedarse, como “Los amantes del puente” u “Oda al amor efímero”.

Más adelante, a un amigo que aseguraba haberse comprado la entrada por Chico Trujillo no le salían las cuentas, pensando si tocaron seis canciones, si solo cinco o incluso cuatro. El caso es que la actuación de los chilenos se hizo excesivamente corta, pues quien los adora no puede sino pedir más y más. Las consecuencias de los retrasos horarios en el escenario se hacían palpables, pero las bandas cumplían con profesionalidad yendo al grano de inmediato. Sonaba ska, cumbia y reggae y la pista se convertía en una fiesta con temas como “Loca” o “La Escoba”. No había tiempo para mucho más y llegaba un definitivo cambio de tercio en el festival, aglutinador de estilos y procedencias por definición. Era el momento de Xoel López, uno de los grandes ejemplos de interculturalidad. Lejos quedan sus años mod, de influencia puramente anglosajona. Tras recorrer y residir en América, Xoel ya nunca será el mismo. Para nuestra suerte.

Era consecuente que su concierto se centrase en sus dos últimos discos, los primeros alejados del término Deluxe. Así, sonaban las intensas “Patagonia” y “Tierra”, una espectactular versión de “El asaltante de estaciones”, con un pasaje instrumental en el que la banda disfrutó improvisando, y otra clave de su repertorio como “El hombre de ninguna parte”, momento para darse el lujo de contar con la voz de Jorge Drexler, cantando al unísino y recordando el “Nowhere man” de The Beatles. La colaboración tendría viaje de vuelta, ya al final del concierto del uruguayo, con “La luna de Rasquí”. Para entonces, aún por salir Drexler a defender sus canciones, se cumplía sobradamente la medianoche del domingo. El cansancio acumulado iba haciéndose notar en nuestras piernas, pero desaparecería de inmediato, como por arte de magia, una vez comenzó a sonar la música. Llegaba el cantante en una gira conjunta con Luciano Supervielle, compositor y DJ de origen francés, que envolvería con programaciones y electrónica la música del uruguayo. Realmente impagable el momento generado alrededor de “Guitarra y vos”, de un silencio, atención y participación brutal por parte del público bajo la luna (casi) llena. De Jorge Drexler sorprende tanto su capacidad para componer e interpretar como su cercanía, pensando en sorprender y agradar al que escucha ahí abajo. Todo terminaba como era de esperar con “Todo se transforma”, con un bajada notoria del sonido a mitada de la canción, no sabemos si debido a sobrepasar la hora de finalización o por problemas técnicos, desgraciadamente habituales durante el festival pero siempre compensados con grandes momentos, con música de allí y de acá.