Hay algo especial en los festivales que suceden fuera de la ciudad; como si un halo épico rodeara lo que estás a punto de experimentar. El oleaje amortigua las canciones que suenan en el coche, mientras recorremos la sinuosa carretera de la Great Ocean Road para llegar hasta Lorne, a dos horas de Melbourne. La temperatura desciende a medida que nos adentramos en el bosque y se vislumbran ya las coloridas tiendas de campaña, como setas fertilizando la tierra. Aquí no vibra la carretera como lo hacía en Glastonbury, ni tampoco se fuga el sonido en todas direcciones como en la desértica Coachella, no. Falls Festival es mucho más recogido, orgánico, aunque hayan vendido la totalidad de sus 17.000 entradas.

Llegamos a tiempo para ver Methyl Ethel, uno de los descubrimientos sin duda del festival, cuyo frontman, Jake Webb, es considerado ya por muchos como el heredero de Kevin Parker de Tame Impala. Pop ensoñador, a momentos místico y experimental, de aires ochenteros, con letras con gancho y coqueteos con la psicodelia más dulzona. No es casualidad que hayan fichado por 4AD, el sello de Bon Iver o The National. Pero si la actuación de Methyl Ethel estuvo llena de matices, no podemos decir lo mismo de Camp Cope, quien a pesar de haber sido uno de los hypes del 2017, ofreció una actuación algo monótona y lastrosa. Fueron Jungle los encargados de remontar la tarde del sábado y en general, la mejor actuación festivalera de Falls. Tocaron un tema nuevo del que será su próximo disco y consiguieron con su repertorio disco-retro convertir la pradera del Valley Stage en una pista de baile cuya explosión llegó con Time y Busy Earnin. Y de los bailes a los puños alzados en el escenario del Grand Theatre, donde el rapero británico Dave escupió rimas y esgrimió sonrisas al oír sus canciones coreadas por un reducto de fans. Antes incluso de publicar su nuevo EP, Game Over, Drake le hizo un remix del single Wanna Know, abriéndole camino para el público americano. Mientras tanto, en el escenario principal el rapero y héroe-local Allday aglutinaba un público aún mayor que el de Jungle y casi más entregado, aunque siga escapándoseme qué narices le ven. Y en una tesitura mucho más cálida y groovy apareció Winston Surfshirt. Fresco, suave y extremadamente cool, con falsetes discotequeros y bases de soul facturadas por una banda sólida, su set tuvo momentos brillantes como Ali D o Same Same. Si bien hubo momentos en los que la homogenia del repertorio parecía dispuesta a inducir en un coma sexy-lisérgico.

Aunque si había alguien dispuesto a sacudirte de cualquier estado criogénico ese era Liam Gallagher. Sin miramientos, abrió su concierto con Rock’N’Roll Star, y no fue su única baza Oasis. Le siguió What’s The Story Morning Glory, Live Forever y por supuesto la coreadísima Wonderwall. Entre hit y hit y piel de gallina, presentó las canciones de su debut en solitario, como la celebrada For What It’s Worth o Come Back To Me. El pequeño de los Gallagher demostró que continúa siendo uno de los frontman más carismáticos de la música contemporánea y que sigue igual de cafre. Y de la intensidad mancuniana a las montañas nubladas de Laurel Canyon con Fleet Foxes. Adaptando su set al entorno festivalero, primaron los temas de sus dos primeros discos, salvo excepciones como Fool’s Errand o If You Need To, Keep Time On Me. Como es habitual, un set impecable, con proyecciones que, junto al fondo boscoso, remetían a otro lugar, a otro momento. Un punto y final bonito para la jornada del sábado, aunque bastante distinto al final de la noche al que nos tienen acostumbrados los festivales nacionales.

La jornada del domingo empezaba pronto, con un magnífico D.D. Dumbo que volvió a demostrar por qué ha sido elegido como uno de los mejores artistas de los últimos tiempos. Su propuesta polifórmica es sorprendente, libre y deshinibida. Canciones como Walrus o Satan son puras gemas preciosas que contemplar hasta la extenuación, pese a no poder comprenderlas -o mejor dicho, etiquetarlas-, del todo. Dejando atrás su pasado como hombre orquesta, Oliver Perry se acompañó por excelentes multiinstrumentalistas e incluso unas gaitas escocesas. La dominación mundial está a un solo paso. Ecca Vandal, por su parte, cuenta también con una excelente reputación labrada a base de bolos incombustibles, estirados hasta los límites del punk rock y el pop. No es casualidad que medios como NME hayan considerado el debut de la australiana como uno de los mejores del 2017. A camino entre Guano Apes y Beastie Boys pasados por el filtro “Yeezus” y con una actitud muy M.I.A, por si faltaba algo. Pero después de la tormenta siempre llega la calma, esta vez en forma de las actuaciones de Everything Everything, Angus & Julia Stone y Glass Animals. No hubo mucho que reprocharles, salvo quizá una tarde noche monocromática, bastante suave y con breves momentos de enajenación bailable colectiva.

Hasta que llegaron ellos. Run The Jewels aparecieron bajo dos figuras inchables en forma de mano y puño y aniquilaron cualquier trazo de bostezo entre el público. Pasados de vueltas, como siempre: más rápido, más alto, más duros. Aunque tras las primeras canciones -y sin ser fan- ya había ganas de marcharse, pero claro, el supergrupo de rap fueron los encargados de dar las campanadas. Así que de la mano de Killer Mike y EI-P hicimos la cuenta atrás, colé doce pistachos (mucho más práctico que doce uvas cuando vas de festival) y celebramos la entrada de 2018 con música y cerveza a 11 dólares la lata. Eso sí, en medio del bosque, sin cobertura durante tres días y con la primera super luna del año.