Todo muy raro, oiga. O a lo mejor es que este redactor hacía tiempo ya que se mantenía alejado de la zona más glamurosa del indie… Y aunque llegué a pensar qué hacía yo realmente allí, en esa noche de indie de lentejuela y stiletto, ¡con fila y asiento reservado!, no me costó nada aislarme del entorno (lo hago con toda naturalidad en condiciones mucho más adversas) y disfrutar de la música. Que a fin de cuentas es de lo que se trata.

Verán. Lo de “Momentos Alhambra. Música. Despacio suena mejor”, no es más que un “això ho pague jo” que se ha montado la cervecera de turno, un gremio con cada vez más restringida libertad de movimientos para poder publicitarse (consume transgénicos y aceite de palma, pero no bebas cerveza, que eso es de chicos malos). Y claro, hay que darle el puntito intelectualoide y cool al asunto para alejar la propuesta del concepto de un común, corriente y hasta vulgar concierto de música ligera. Empecemos con el emplazamiento. ¿Qué sentido puede tener ubicar en un patio de butacas a un público que va a saltar del asiento -como de hecho así fue- a la segunda canción? Pero ahí no acaba la fina estrategia. Citemos a todo el mundo a las nueve para un concierto que va a empezar a las nueve y media y durante esa media hora insertamos una entrevista en directo y sobre las tablas por aquello de la coartada cultureta. Y ahí tienes a Rafa Cervera ante un auditorio más preocupado de encontrar su localidad que de cuanto se decía u ocurría en el escenario, capeando el temporal de la forma más digna posible, con los Meyers haciendo exactamente lo mismo que él (léase, siguiendo el guión), desplegando una entrevista entre la algarabía y el jolgorio general reinante, en la que la frase más aplaudida fue el “Y ya para acabar…” En ese plan.

Salvado el trámite que convertía el bolo en un digno evento cultural (léase, terminado el paripé) y con estricta puntualidad, comenzó el espectáculo.

Un desmesurado juego de luces a modo de pantalla/telón luminoso que bajaba hasta ponerse literalmente delante de la banda, pero que también subía, digámoslo todo, permitiendo (detalle que este redactor agradeció) que viéramos a la banda tocar en directo. Batería, teclados, dos guitarras, bajo y un Noni a la voz que alternaba el teclado con su Rickenbacker (entre otras), o se movía libre de ataduras por todo el escenario. El directo de Lori Meyers siempre ha sido (y es) de impecable factura. Limpio, cristalino. Más brillante aun si cabe con el peso específico que los sintetizadores han adquirido en las nuevas composiciones (Noni confesaba durante la entrevista su admiración por la Electric Light Orchestra). El repaso fue casi completo. De las veintiuna canciones que sonaron, diez de las trece que contiene En la espiral (Grabaciones Pimodán, 2017) estaban en el repertorio. Y hay que reconocer este último disco sobrevive a duras penas a la languidez que lo sobrevuela pero sale a flote en el directo. Sea por el lisérgico y punto estroboscópico espectáculo de luces que rozaba la pirotecnia (o daba en ella de lleno, como durante El tiempo pasará), o por la perfecta alternancia entre los nuevos temas con los arrolladores clásicos de la banda: no sonaron más de dos canciones nuevas sin que un hit (Luces de Neón, Luciérnagas y mariposasEmborracharme, Mi realidad) saliera en defensa del repertorio. Lo cierto y verdad es que el conjunto deja un excelente sabor de boca, aunque en ocasiones pueda llegar a abrumar. A este redactor, particularmente le gustó más la secuencia de imágenes collage de clara inspiración dadaísta que el, a veces, y literalmente, deslumbrante espectáculo de luz y color que uno encaja mejor en un espectáculo de revista y varietés que en un concierto indie. Pero eso ya es a gustos. Y no deja de ser significativo que Noni anunciara (e insistiera en) que se iba a poder ver “al aire libre” a la banda en Valencia en breve. No se si me entienden.

Es decir, que si uno logra abstraerse a tanto fuego fatuo, se lleva a casa un grandísimo directo en el que han quedado esparcidos temas de prácticamente toda su trayectoria (haciéndonos volver hasta, ¡uf! 2004 con ese Ham’a’cuckoo del Viaje de estudios (Houston Party)) y con un -en ocasiones- atronador sonido que hacía temblar La Rambleta, con un público ganado y entregado antes de que sonara el primer acorde, que es lo que ocurre, claro, cuando metes a una banda capaz de convocar a varios miles de personas en un teatro donde caben poco menos de setecientas…