A estas alturas, con el mundo conectado por algo mágico llamado 4G y en vísperas de asistir a fenómenos como la clonación humana o la era cyborg, y que todavía no comprendamos cómo funciona estos de las emociones. Qué sí, qué no. La tecla, ¿cuál es la tecla? Porque si ustedes presagiaban que con dos sillas de madera, cuatro perfiles distintos de guitarra y un par de voces, se podía llegar a hacer tanto daño, disparar tan certero, remover con tanta fiereza; están ustedes muy por encima de un plumilla… al que atracaron ayer a mano armada. Nunca sabes qué tendrá la fuerza para levantar la moral a las tropas, que dicen. Pues “Granada”, sin duda, la tiene.

La maduración de este tributo epocal que han confeccionado entre Sílvia Pérez Cruz y Raül Fernández Miró ha sido de ensueño: meses de gira a sus espaldas, habiéndose prodigado fuera de nuestras fronteras -más allá de que los mueva una ‘multi’, no sean ‘tan así’-, el favor de crítica y público… Un público, por lo visto en un Casino l’Aliança hasta los topes -y con otra jornada ya pactada, a unas 900 personas por representación-, heterogéneo e intergeneracional. Desde mi padre -literal- al más purista, todos. Todos caen rendidos a este juego de dinámicas que es “Granada”: una carretera de trazo limpio, bien hecha, en la que no notas las curvas, en la que no hay que pegar volantazos. Un directo de temple y entrega que transita entre dos parajes claros. El del sigilo: la pisada de hojas secas, un fino hilo de voz, agua que no llega al degoteo pero de frágil, frágil, se acerca. La tormenta, desatada por el chorro apabullante pero controladísimo de Pérez Cruz y las guitarras, más melódicas o más post-rock, de Raül Fernández, ‘Refree’.

Acompañados por un sutil juego de luces, en directo, como ya pasa en el disco, fue tan valioso lo que se oyó como lo que no. Y me explico. Desde que la ampurdanesa, nada más empezar, se acomodara sobre el cajón flamenco cada arruga del vestido rojo sangre y el barcelonés se arremangara la camisa -sólo la derecha, la que debía manporrear salvaje la guitarra-, ambos le hicieron tanto juego a la saturación como al silencio, dejando largos y poéticos segundos entre frases, que espesaron, más si cabe, el ambiente; una tensión que acabó desbordando con el neo-tango desatado “Que me van aniquilando” (“Despegando”, 1977): versos cruzados de Miguel Hernández y con Sílvia al cajón, enérgica, como una bestia parda. Alcanzó tales cotas de emoción que ella misma acabó llorando con el público entregado, dando un largo y sentido aplauso que ya no tuvo fin, ni con la espasmódica “Mercè”, con eco y una pedalera que hizo hervir la sangre, o con ese homenaje a Morente que parece haber encontrado hueco en el Olimpo: “Pequeño vals vienés” despidió a los bises, de los que se volvió con un ‘max-mix’ a banjo, tambor y voz entre “Rehab” y “Single ladies (Put the ring on it)”; sí de verdad… Y encima encajó. Todo más desenfadado, la faena estaba hecha, aunque “Gallo rojo, gallo negro” acabó de recordarnos el músculo, la envergadura, de lo vivido las dos últimas horas de este viernes tonto de enero (¡manera chica de empezar el año!).

En ese tiempo, entre una voz soberbia e inigualable, capaz de interpretar y vivir -sobretodo vivir- cualquier cosa, como la de Sílvia Pérez Cruz, y una guitarra inteligente, en su sitio, como la de Raül Fernández, hicieron un repaso por lo mejor y más exportable de los autores y géneros latinoamericanos; si existe algo así como una “Marca España”, algo que pueda ser contado por universal y único, y ahora que se acercan elecciones y nos bajan el IRPF (se pide a gritos lo mismo por el IVA cultural), que los encargados de políticas culturales se den cuenta que es esto. Es-to. Aunque mejor no lo diremos muy alto, que no nos toquen las emociones.