A Elvis Costello lo hemos visto muchas veces y en mil y una formaciones y combinaciones posibles. Le faltaba lanzarse a la carretera en solitario, una suerte que su íntimo amigo y socio Nick Lowe lleva años practicando con suficiencia y sobriedad. Lowe se basta con una guitarra y su cálida voz para meternos a todos en el bolsillo. Costello ha planteado su gira justo en el plano contrario, jugando en una liga diametralmente opuesta, asociada al espectáculo, la interpretación, la autoconfesión y, por qué no decirlo, al exceso y la exhibición.

En “Elvis Costello Detour” caben varios conciertos -y hasta géneros artísticos- en uno. Y no sólo por la duración de su show en San Sebastián, que superó las dos horas y media y adquirió un cariz de maratón musical springsteeniano. La puesta en escena está totalmente adscrita al teatro o al formato televisivo, con una gran pantalla vintage dominante en el centro del escenario, un piano de cola a un lado y un espacio acogedor al otro, donde una silla de madera le valió para sentarse, ponerse un sombrero y bromear con que él mismo era su propio invitado especial. Ahí estuvo más reposado y comedido, con una versión desnuda y casi bossa nova de “Toledo” y la inevitable “She”.

Elvis-Costello-Kursaal-Irene-mariscal-II

Cada espacio cumplía una función determinada que dividía la actuación en diferentes actos. Costello se mostraba camaleónico según tocaba el piano y se ponía en modo crooner (“Shipbulding” acabó en un estallido de aplausos), acariciaba la guitarra (“Everyday I write a book”, de la que dijo medio en broma que la odiaba), le metía efectos y ruidos por doquier (“Watching the detectives” sonó especialmente furiosa) o se repantigaba en la silla de cantaor flamenco como si estuviese en el porche de su casa de verano contando historietas a sus sobrinos. Habló de su padre, también músico, que al parecer había coincidido en un show televisivo a principios de los años 60 con un entonces desconocido grupo llamado… The Beatles.

Habló a borbotones. El esquema -plagado de anécdotas, interrupciones y referencias autobiográficas ilustradas con elegantes imágenes en blanco y negro en el televisor- le empuja a Costello a explotar sus dotes interpretativas. Es un excelente actor y contador de historias. Es un showman. Un artista total. Sin embargo, en un país no angloparlante como el nuestro puede dejar al espectador fuera de juego y, tal vez por eso, una docena de personas abandonaron sus asientos en mitad de la función.

O tal vez no se dejaron seducir por un poliédrico, operístico e incansable vedette que alguien dijo a la salida que le había recordado a Rufus Wainwright. Cantó “Alison” prácticamente a pelo mezclándose entre el público que se puso en pie por primera vez para agradecer la gesta. A las 10 de la noche se agenció una americana a rayas que le daba un aire guasón, macarra pero inofensivo, como el personaje de Michael Keaton en Beetlejuice. Habían pasado dos horas desde el divertido inicio con el videoclip de “Monkey to man”.

Y cuando parecía que todo se acababa con el poderío vocal de “American mirror”, cayó la bomba: su pianista habitual, Steve Nieve, estaba entre el público. Saltó de las butacas al escenario para tocar en formato dúo unos 20 minutos más de lo previsto por la organización. Una extensa versión de “I want you” fue la guinda de un concierto en el que partiendo del reciente libro sobre el músico inglés del periodista Xavier Valiño, “El hombre que pudo reinar”, el Kursaal fue la corte de Elvis Costello.