La de Elliott Murphy es a todas luces una figura mítica, concretamente una de esas reverenciadas y acompañadas de cierto halo de malditismo. Sólo así podría explicarse que el neoyorquino (afincado en París desde hace casi tres décadas) no haya alcanzado los niveles de popularidad que por calidad merecía, en una consecuencia que hubiese situado su nombre junto a los de autores afines que disfrutan de mayor repercusión global como Tom Petty, Bob Dylan o su amigo Bruce Springsteen.

El músico, artífice de folk-rock americano de corte clásico y presencia atemporal, está de actualidad tras la reciente publicación del documental “The Second Act Of Elliott Muphy” dirigido por Jorge Arenillas. Una excusa, en realidad, válida como cualquier otra para girar una vez más a lo largo de nuestra geografía, y recorrer esos escenarios que tiene a bien visitar con frecuencia. Como también es habitual, el autor se hace acompañar por el virtuosismo expreso del guitarrista Olivier Durand, quién a lo largo de la velada demostró que ya no es sólo un escudero de lujo, sino que a estas alturas alterna el papel protagonista con el propio Murphy, funcionando así como dos piezas indispensables del mismo espectáculo.

Y es que los conciertos de esta dupla ejecutiva derivan siempre, al amparo de una complicidad férrea labrada a lo largo de los años, en un duelo de talentos que tiene en el espectador a su principal beneficiado. Un público, en su mayor parte perteneciente a la vieja guardia, que festejó la efectividad de los ejecutores a lo largo de casi dos horas. Por el camino sonaron piezas clásicas tan aplaudidas como “Last Of The Rock Stars”, “Come On Louann”, “You Never Know What You’re In For”, “On Elvis Presley’s Birthday” y “A Touch Of Kindness”, junto a las versiones con las que se rindió tributo al propio Dylan (“Don’t Think Twice, It’s All Right”) y David Bowie (“Heroes”).

Queda la sensación de que, con el paso de los años, el vocalista se ha visto obligado a sacrificar algo de intensidad sobre las tablas, cediendo más espacio a su acompañante y aportando a cambio dosis adicionales de emotividad y medidas escenas de efectismo. En cualquier caso, un concierto cumplidor del viejo Elliott raya por encima de la media, y aunque la última visita a Valladolid resultase alejada de su mejor nivel, la devoción sigue creciendo a cada nuevo encuentro. Es la consecuencia derivada del lujo que supone disfrutar de las presentaciones del autor en esas distancias cortas que, por suerte o por desgracia, el poeta nunca ha abandonado.