“Ha sido guay, pero hace dos años estuvo mucho mejor”. ¿Puede alguien pronunciar/escuchar una frase más odiosa al término de un concierto? Probablemente no, aunque el comentario fue ampliamente cacareado por los seguidores de Ty Segall: algunos con ese estúpido afán de querer ser pioneros y otros por no contar ya con el factor sorpresa. Pero tranquilícense los primerizos, pues si bien algunos disfrutamos más en noviembre de 2012 –la primera vez es siempre la primera vez–, su regreso a Donostia fue, en esencia y pese a las altas expectativas, muy parecido a la visita anterior a la Sala Gazteszena: un bolazo en toda regla.

A Intxaurrondo acudió con los mismos melenudos escuderos (Mikal Cronin al bajo, Charlie Moothart a la guitarra y Emily Rose Epstein a la batería), a quienes se sumó un tipo estrafalario vestido como el cowboy de Village People y que, tras la briosa actuación de los teloneros de Burdeos JC Satán, tocó los teclados en el arranque con “Manipulator”. Fue precisamente este reciente álbum homónimo el que centró el 70% de la velada: 1) Una bendición porque se escucharon pepinazos como “It’s Over”, “That Man Skinny Lady”, “Feel”, “The Singer” o “The Crawler”. 2) Una pena porque apenas cayeron media docena de temas como “Fingers” o “I Bought My Eyes”, extraídos de “Melted” (2010), “Slaughterhouse” (2012) o algún otro de los casi veinte trabajos que lleva publicados desde 2008.

Ante una gran muralla de amplificadores y con más pedales que el Tour de Francia, el rubiales y sus compañeros de equipo pusieron el piñón fijo para sumergirse en una orgía de ruido, fuzz y distorsión. Embutido en su mono de estajanovista rockero, Seagall lucía unas gotas de maquillaje en un guiño al carácter glam de “Manipulator”, que contiene ecos setenteros de T. Rex y del mismísimo Bowie. Pero en directo los arreglos del disco se pierden en el remolino de riffs y punteos macarras que el californiano extirpa de su abrasiva Gibson Les Paul, lo cual pudo ser un problema para quienes demandaban matices y habrían disfrutado más de algunas gemas del folk acústico que atesora “Sleeper” (2013), su álbum más reposado.

Sin embargo, la mayor parte de los espectadores vibramos entregados al estruendo del garaje más herrumbroso, con fogonazos de grunge, psicodelia, punk y metal: una sobredosis de decibelios que nos pasó por encima cual tren de mercancías pero nos dejó como nuevos, eufóricos y un poquito sordos –¿a quién hay que enviar la factura del otorrino?–. El músico no se lanzó al público como en otros ocasiones, aunque invitó a hacerlo a un chaval que fue llevado en volandas por toda la sala bajo la extravagante amenaza de que su caída implicaría la suspensión del concierto. No solo concluyó victorioso su periplo sino que otros siguieron su ejemplo y practicaron el crowdsurfing, el headbanging y otras cosas que no terminan en “-ing”, como por ejemplo el pogo. Nadie llegó a perder los estribos –ni los estribillos– porque en una ciudad como Donostia hasta el caos suele estar controlado, pero Segall logró la proeza nada desdeñable de colgar el cartel de “No hay entradas” y reunir a 500 almas que, en actitud gozosamente festiva, convirtieron el lunes-tarde en sábado noche.