El Columpio Asesino.- Foto: Juan G. Andrés

El Columpio Asesino.- Foto: Juan G. Andrés

En los últimos años se ha convertido en tradición comenzar las vacaciones de Semana Santa con el sarao que el club Le Bukowski monta en Gazteszena. Esta vez, el festival Zé Premikin se ha trasladado al 30 de abril –víspera de otro puente, el del Primero de Mayo– y el cartel incluirá a bandas como Belako y We Are Standard. Sin embargo, el garito de Egia no quiso perder la oportunidad de llegar al Jueves Santo con una santa resaca y se sacó del capirote un ecléctico fiestón de ocho horas con todos sus sacramentos: seis grupos y dos discjockeys.

Las procesiones comenzaron el miércoles con Whiskey Dick, un par de maromos de Texas con mucho pelo en la cara y no menos tatuajes profanando su piel. No había aún demasiados feligreses en la sala pero sin levantar las posaderas de sus sillas, el dúo de confederados ofreció una bizarrísima y acelerada sesión del género que han bautizado como metal-neck, una suerte de comunión de heavy y hillbilly oficiada con guitarras acústicas y un par de pedales.

La cosa comenzó a animarse con Cabezafuego, el primero de los representantes del lobby navarro que dominó medio programa. En formato de trío y con una colección de gloriosas canciones propias, el integrante de grupos como Mermaid o Atom Rhumba predicó sus malaventuranzas en un divertido concierto: Iñigo regurgitó letras ácidas –iluminadísimas “Resaca de un bohemio” o “El traje del emperador”–, la batería echó humo literalmente y el arco del violín se quedó más alopécico que el de los Waterboys.

En una extraña decisión que quizá obedeció a cuestiones técnicas, el cabeza de cartel actuó en tercer lugar. El Columpio Asesino presentó su último disco, “Ballenas muertas en San Sebastián” (2014), en un escenario muy apropiado y ante una parroquia entregadísima. Los beatos y beatas de las primeras filas parecían rezar el rosario cuando recitaban, cual autómatas, “Babel”, “La lombriz de tu cuello” o la imprescindible “Toro”. Fueron especialmente celebrados los ambientes oscuros que el grupo de Pamplona borda como nadie: hubo rostros al borde del éxtasis, penitentes a punto de levitar e incluso algún santo varón practicando el topless al borde del escenario.

De Bera llegó Borrokan, uno de los nombres de culto surgidos de la fecunda tierra prometida del Bidasoa. Llevan casi dos décadas sobre las tablas y su producción es más bien escasa –tres discos y algunas colaboraciones–, pero su bendito post-hardcore, hermanado con el de los seminales Dut, es una de las propuestas más originales que pueden disfrutarse hoy en Euskal Herria: cambios de ritmo sincopado, estallidos sonoros combinados con silencios incómodos y, sobre todo, mucho contraste y matiz en una música no apta para todo Dios pero muy propicia para la catarsis.

Los Bracco, única banda donostiarra de la velada, procesionaron escoltados por la numerosa cofradía de acólitos que les ha visto crecer en el bar Iparra de Gros y que aguarda ansioso su primer disco. Es el suyo un rock sin grandes misterios, anclado en la tradición anglosajona pero cantado en castellano, con un frontman carismático de voz celestial y músicos al servicio de un manojo de melodías exquisitas y letras contagiosas. Aunque falta mes y medio para el lunes de Pentecostés, le dieron fuego a Gazteszena y de qué manera…

El gozoso vía crucis de grupos culminó con Docteur Culotte. A esas horas de la ‘madrugá’, algunos llevaban torrijas considerables –y no precisamente de pan, leche, azúcar y canela–, por lo que no prestaron la debida atención al interesantísimo grupo de irreductibles galos que practicaba un delicioso mejunje de garaje descacharrado, punk y new wave. Para el final reservaron una versión del “Gut Feeling” de Devo y como se les agotó el repertorio, en el último bis repitieron la bailonga “Olga”, canción que da nombre a su único álbum hasta la fecha.

La fiesta continúo con los DJs Javi P3z & Gazta. Los más sensatos se retiraron a tiempo a sus aposentos pero algunas dolorosas y algunos nazarenos, pecadores con rostro y cuerpo de ‘ecce homo’, prolongaron el calvario festivo algunas horas más; tanto que, seguramente, el domingo de Resurrección aún seguían sin abandonar el sepulcro. Santo Le Bukowski, ora pro nobis…