Tal vez me juegue todas las acreditaciones venideras, pero a riesgo de ver el próximo día una foto con mi nombre y un “No se admite” en la puerta, debo empezar por esta virtud a medias: Razzmatazz tiene la capacidad de sacar a relucir la realidad de las bandas. No sé si por su fisonomía, su equipo de sonido o sus techos perecederos, para bueno o para malo, le quitan el maquillaje al más pintado.

De eso padecieron en el arranque Editors, que hasta “Smokers outside the hospital doors” sonaron sin empaque ni guitarras, con un bajo haciendo más bola al oído que el jamón Hacendado a la garganta. Tal vez la pájara ya la trajeran de casa los de Tom Smith: críticas constantes, cambios de alineación… la hipoteca pesa, y de qué manera. Más luminosos y romanticones con “The weight of your love” y con Smith transmutando hacia un Chris Martin que haría convulsionar a Ian Curtis, suerte tienen de conservar un setlist del que ningún compañero de generación puede presumir: “All sparks”, “Bullets” o “You don’t know love” –no todo el tercer disco cojeaba- hicieron pensar en aquella banda con guitarras afiladas y alardes vocales sin paracaídas que enamoró.

Los de Birmingham han apostado por embutir discografía para compensar, para que no chirríe lo nuevo con lo bueno. Y en más de hora y media de show, claro, hay vaivenes. Eso sí, a partir de “Munich” ya no hubo dudas y el público respondió. No quiero dármelas de psicólogo, pero no debe ser fácil para la sesera que en la oficina te recuerden cada día que hubo un tiempo en que eras el mejor haciendo tu faena. Y menos cuando ese tiempo pasó.