Hay veces que lo más revolucionario puede ser volver a lo esencial, a raíz de las cosas, a la base sin ornamentos. No hacen falta orquestas, ni bailarines, ni coros, ni escenografías complicadas, ni monos con platillos… Ed Sheeran , el chico normal que ha consolidado su carrera a través de internet y las plataformas de streaming, se basta para hacer vibrar a 16.000 personas, armado con una guitarra, unas pedaleras y un buen puñado de canciones, gratamente nutrido por su último trabajo “Divide”.

La fiesta comenzó entre gritos emocionados de sus fans más jóvenes, que son la mayoría, con los primeros acordes de una luminosa “Castle On The Hill” seguida de “Eraser” y una primera concesión a su reciente pasado con “The A Team”. Con una facilidad pasmosa, el inglés fue desgranando sus canciones llenas de letras cercanas con una voz contundente, correcta y sensible en los momentos exactos. Su técnica a la guitarra impecable y responsable de una intensidad creciente que se hizo magnánima en “Bloodstream”, dejando momentáneamente en silencio a un público que no dejó de corear sus estribillos. Difícil era escuchar su voz en “Happier” o “Galway Girl” entre miles de agudas voces adolescentes.

El delirio llegó de la mano de su “Thinking Out Loud” baladón sin remisiones, que sonó perfecto y azucarado en su justa medida, mientras cabría preguntarse dónde quedó aquello del rock en los años adolescentes y rebeldes. Parecía que la recta final estaba cerca y por aquel entonces el pelirrojo aún no se había despegado ni una sola vez del escenario.

Con “Sing” y tras un pequeño conato de huída, Ed regresaba al escenario vestido con la camiseta de la selección española y hondeando la bandera nacional, saltando y agradeciendo. Aquello se vino abajo cuando se adivinaron las primeras notas de su aclamado “Shape Of You”, única concesión al baile de la noche, que asomaba en forma de bis tras hora y media ininterrumpida de concierto. Aún hubo tiempo para su “You Need Me, I Don´t Need You” y aunque fueron muchos los que pidieron que cantase “Barcelona”, fue una carta que el inglés decidió guardarse para su cita con la Ciudad Condal al día siguiente.