Se ha convertido en una tradición relacionar un concierto de Dead Bronco con una afluencia masiva de gente. Un hecho que es por encima de todo la prueba palpable del mérito que tiene lograr ese éxito popular partiendo de un sonido identificado, por mucho que luego se haga travesuras con él, con el country clásico. Aceptando que tienen imagen y que desprenden una actitud contagiosa sobre las tablas, por encima de todo, y lo más importante, es que poseen canciones, porque no nos engañemos, sin eso no hay nada sobre lo que poder edificar. Precisamente unas cuentas nuevas, y muy buenas, las que dan forma a su último disco, “Bedridden & Hellbound”, son la novedad que traían para su actuación en el Kafe Antzokia bilbaíno, un lugar siempre dispuesto a dejarse arrastrar por su huracanado espíritu.

Hace muchos años Garth Brooks, para atraer a un público mayoritario y de diversas procedencias, mostraba en un anuncio la fuerza y energía que podía llegar a desprender su música. Al margen de la valoración sobre el ejemplo concreto, su máxima encaja perfectamente con la propuesta de los dos grupos que ocuparon el cartel la noche del sábado. El primero de ellos, en su papel de telonero, fue Mamagigi’s (foto inferior), pertenecientes a la misma escena tanto geográfica como estilística de los getxotarras. Lo de estos jóvenes se engloba en un contexto de raíces con una base claramente country-rock-western que con naturalidad saben llevar hasta una representación tendente a lo juerguista (“Beer”) pero que es en aquellas composiciones con mayor profundidad, como la épica de “Jackson Ballad”, la implacable “W.I.M.B.W.I.W.S” o las más intima “Down in Mississippi”, donde adoptan su mayor plenitud, respaldando así la calidad que ya han demostrado en su álbum “Black Roses”.

A continuación llegaba el turno de la formación liderada por el estadounidense, ya adoptado vasco, Matt Horan, un frontman de innegable carisma. A los alicientes habituales para disfrutar de ellos, avalados de nuevo por un lleno total de la sala, esta vez había que sumar las ganas por comprobar en vivo la representación de su muy destacado nuevo disco. Un trabajo grabado por la formación actual y que ha supuesto, sin en ningún momento alejarse de sus directrices ya conocidas, perfilar de manera más exacta y compacta ese estilo ya bautizado como broncobilly. Un término que en esencia nos remite a un sonido americano tradicional sostenido sobre unas airadas bases -principalmente aunque no exclusivamente- de rockabilly y en el que también intervienen unas oscuras letras que abarcan desde la losa del pecado original a el gusto por las bebidas espirituosas. Perfectos ejemplos de ello encontramos en temas como “Florida Grown”, y su aroma a carretera donde ya se destapan esas palpitantes bases rítmicas a cargo de Oscar Calleja (contrabajo) y Danel Marín (batería); “My True Love”; “Make My Eyes Bleed”, en las que se exhibe esa conjunción tan personal y excitante causada del cruce entre la guitarra rocosa de Manu Heredia y el sabor country del lap steel del ubicuo Dani Merino, o la siempre contagiosa, y más interpretada con la fuerza de esta ocasión, “Liberation of a Married Man”.

Una de las grandes bazas del grupo consiste en asimilar muy variadas influencias para hacerlas partícipe de su vital estilo. Sin duda, una de las primordiales nace del origen clásico de su propuesta, por lo que la representación más pura a base de honky tonk (y derivados) alcanzó sus momentos destacados con “Devil Woman”, “Drinking Alone”, la bella nostalgia de “Take Me Home”, o por supuesto la versión de uno de los intérpretes, recientemente fallecido, más representativos en este ámbito como Merle Haggard “Mama Tried”. Pero sí esencial resulta esta parte contenida y mayormente emotiva de la banda, no lo es menos su alma más punk e incendiaria, en la que Horan (no es casualidad la camiseta de Danzig que exhibía) puede (literalmente) desmelenarse, como sucedió con las siempre directas “Freight Train”, “Stupid Man” o la más reciente “Keg Stand”.

No fueron las mencionadas la totalidad de las variadas pinceladas con las que vimos expresarse al grupo, todavía habría cabida para otras; alguna incluso realmente sorprendente, como la densidad casi grunge que se respiró en “Stop Killing All My Friends”. El tono oscuro, a modo de blues confesional lindando prácticamente con el gospel, se filtró en la paulatinamente más rotunda “False Hearted Love’s Blues” y un rockabilly meloso, a lo Stray Cats cuando adoptan esa tesitura, salió triunfante en “Big City Mama”. Hubo espacio también en su regreso al escenario para tirar de versiones, alguna casi obligada por aquello de la ya comentada vestimenta de Horan, como el ritmo clásico que contiene “I’m the One”, original de Danzig, o el punto y final para su adorado y admirado Hank III por medio de, y aunque antes ya había sonado la feroz “Hillbilly Joker”, “Straight to Hell”.

No vale la pena preguntarse cuánta de la enorme y variopinta audiencia de la que disfruta Dead Bronco acumula en sus estantes discos de Hank Williams, Bob Wayne o de otros clásicos y/o regeneradores de la escena americana, no es lo importante. Lo esencial es que la banda ha logrado atraer a un amplísimo número de gente hasta una propuesta de calidad y personal, a estas alturas ya clarísimamente identificativa, que por lo ofrecido el sábado habla de un estado de forma -a través de su actual formación- asombroso, visible ya sea en grabación o en vivo, como demostraron en otra auténtica apisonadora de concierto.