La actuación de Repion era una de las actividades principales (y sin duda la que más público congregó) dentro de la Fiesta de la Primavera de la Calle del Sol. Así que al salir a escena la banda se encontró con que una buena audiencia tenía los ojos y los oídos puestos en ellos, y ellos respondieron con un concierto rotundo como un puñetazo en la mesa.

Si en su segundo álbum, Amapola dueles, el grupo ha estilizado su sonido, en directo siguen repartiendo tiza que es un primor. Encima del escenario no hay sitio para arreglos complicados ni producción impoluta. Sin embargo, aquí es donde ellos consiguen que el concepto power trio cobre todo su sentido: el sonido rasposo del bajo y la guitarra, la voz sin freno de Marina y los zambombazos a la batería de Teresa hacen que se transformen en fuentes generadoras de pura energía.

El propio repertorio estaba orientado para que todo funcionara en esta dirección. Dejaron fuera las partes más tranquilas de su último disco, mientras que los cortes más desatados como Ciclogénesis o Catarsis sonaron nada más arrancar. Así se alcanzó primer clímax en el mismo comienzo del concierto, y estos temas empujaron para que el resto del repertorio siguiera en trayectoria ascendente.

Las canciones de su debut han pasado a segundo plano (solo cayeron tres) y esta vez cedieron su espacio a dos temas inéditos: Año de mierda, en el que Teresa se levantó de la batería y se atrevió a ejercer de cantante y guitarra solista (y que supuso uno de los pocos respiros dentro de un bolo en el que no dieron tregua), y Los noventa. Ambos encajan a la perfección en el espíritu del grupo, que se muestra como un conflicto abierto entre una vitalidad casi adolescente y la decepción ante la realidad personal y social más inmediata.

Llegaron al final con Querubín (el tema más pegadizo de su repertorio) seguido de Divina señal. Cuando el público reclamó algunos bises de propina ellos se despidieron con un “es que ya solo nos quedan canciones lentas”. Y la verdad es que pararon en el momento preciso: después de dar el todo por el todo, nada mejor que terminar dejando el pabellón bien arriba.