El tiempo pasa pero la ilusión sigue intacta en Ojén. Diez años de buena música y un ambiente inmejorable, demuestran que con cariño y arrimando el hombro, se puede hacer magia en casi cualquier rincón del mundo. Y más aún, si el marco es un pequeño pueblo blanco costasoleño que aúna el encanto de la tradición, que sigue degustando el tiempo en cada una de sus calles y plazas, con la alegría de abrirse y abrazar una nueva aventura. De ese latido nació este festival, ya de culto, un evento imprescindible y único del verano más alternativo y auténtico.

Este encanto especial que demuestra que Ojeando es más que un festival, lo subrayan las ganas de volver, no sólo de su fiel público, sino de cada una de las grandes bandas que, a lo largo de esta década de historia, han pisado sus escenarios y han querido repetir, como músicos o como reconvertidos espectadores. Así, el cartel de este año lo pueblan viejos conocidos que no querían perderse este rejuvenecedor décimo aniversario en el que, el amor rebosante de sus anteriores ediciones, se ha personificado y desembocado en boda, la de una joven pareja que decidió unirse en el lugar donde pasó sus mejores veranos.

La primera jornada nos recibe con aires de verbena en una siempre colorida plaza, con el envolvente y vaporosos pop de los malagueños Arista Fiera sobre las tablas, que desgranan su flamante “Simetría Par” (17). Cuesta despegarse del Escenario Plaza, así que lo alternamos con el escenario principal, para disfrutar fugazmente a lo largo de la noche de la psicodelia hipnótica de unos cada vez más brillantes Hi Corea!, la intensidad y contundencia de Negroazulado, la enérgica descarga de J.J. Sprondel, con un Carlos Moratalla a la cabeza que vuelve a sorprendernos, y el rock ‘n’ roll de Denyse y los Histéricos, que aviva la madrugada hasta el final.

El mítico patio del colegio nos da la bienvenida con la banda indie más potente del panorama nacional, los gallegos Triángulo de Amor Bizarro, que nos hacen bailar y saltar sin parar bajo una tormenta post-punk/noise marca de la casa. Quizás no era la mejor hora para Triángulo (aún estaba llegando público) y el sonido no fue el mejor, pero el grupo lo dio absolutamente todo, una continua combustión instantánea en cada canción, del ‘Desmadre Estigio’ inicial a la traca final de ‘Barca quemada’ y ‘De la monarquía a la criptocracia’.

Salen a escena Xoel López y su banda y no llega la calma, sigue la fiesta por todo lo alto. El sonido es ya perfecto y el patio esta lleno hasta la bandera. Sus cartas son ganadoras y juega la partida como nadie, intercalando temazos de Deluxe como ‘Historia Universal (El amor no es lo que piensas)’, ‘Tendremos que hacerlo mejor’, un ‘El amor valiente’ que nos corta la respiración o la apoteosis final de ‘Que no’, con lo mejor de “Tierra” (12) y su exitoso “Paramales” (15). Xoel baila con la mitad de la luna que se dibuja en el cielo de Ojén (la otra mitad la tiene en el bolsillo) y sus músicos se funden con él en cada tema. No ha terminado el viernes pero ya tiene ganador.

Sidonie nunca fallan y dan otro de los mejores conciertos de esta edición, desgranando su “El peor grupo del mundo” (16), sin bajar el pie del acelerador hasta que cae el telón. Momentos estelares son el karaoke total de ‘No sé dibujar un perro’ o Marc Ros a hombros entre el respetable, repartiendo besos en ‘Un día de mierda’, para rematarnos con ‘El incendio’ y ‘Estáis aquí’, descamisados sobre el escenario y vivos de milagro.

Seguimos la senda sideral con Second, teletransportándonos a ‘2502’, “haciendo de la noche algo distinto” en ‘Autodestructivos’ y remarcando que Ojén es y será un ‘Rincón exquisito’ cada verano. Echamos el cierre del día con lluvia de confeti y pinchada monumental de la mano de We Are Not Dj’s.

El segundo asalto comienza huyendo del calor, con chapuzón en la piscina y el mejor de los ambientes, para disfrutar luego del concierto sorpresa de La Bien Querida en el Escenario Cueva, con Ana embelesándonos con el dulce veneno de sus letras, tinta cotidiana que se nos queda como salitre en la piel, acústica en mano y acompañada por su fiel escudero David Rodríguez a la eléctrica. Se atreve con ‘Como una ola’ y la hace suya.

El pistoletazo de salida en el Escenario Patio, lo damos hoy surfeando de lo lindo con el trío de Estepona Airbag. Olas de power-pop con alma punk y a nadar mar adentro, con pelotas de playa y flotadores volando por los aires y versión de los Beach Boys incluida. Nos recuerdan que hay veranos que jamás se olvidan.

El sábado quiere revolución y género fresco, y no tarda en desviarse por el ‘Camino ácido’ que marca el cancionero de Ángel Stanich, que además de presentarnos su nuevo Ep “Siboney” (17), nos regala un tema que irá en su siguiente disco, con un estribillo rompedor que coreamos como si fuera ya un clásico más de su repertorio: “Tu amor no arde, sólo escupe fuego”. La balacera de Metralleta Joe, con Stanich rasgando su guitarra desde el foso como si fuera el juicio final, para acabar exhausto por los suelos, es el broche perfecto de la actuación más salvaje de la velada.

La madrugada serpentea con Miss Cafeína, banda que demuestra en pocos segundos porque ha tocado cuatro veces en Ojeando. Dan el show más completo de esta última jornada, con una intensidad al alcance de muy pocos y una conexión total con el público que abarrota y baila sin parar en el patio. “Detroit” (16) sigue ardiendo como el primer día, así nos congelan y atrapan en ‘Desierto’, ‘Titanes o ‘El rescate’. Guitarras, teclados y sintetizadores entre los que se abre paso a sus anchas la voz de Alberto Jiménez, líder y maestro de ceremonia que se corona en una espectacular ‘Hielo T’. Hemos tocado techo pero Belako están dispuestos a romperlo y eso hacen. Pura rabia luminosa que nos hace flotar desde el primer tema, una maraña de post-punk electrónico de la que no queremos escapar. Con ‘Sea of confusion’ y ‘Haunted house’ saltan chispas y más de una estrella fugaz.

En la plaza todos los grupos pusieron su granito de arena para que a estos diez años de historia, le sigan como mínimo otros diez más. Tuvieron luz propia los malagueños Betamax, con su refinada mezcla de pop y Motown, el magnetismo de la space music de The Magic Mor y el funky de Jammin’ Dose, que se llevó la palma haciendo bailar a todos los presentes. Y si empezamos con sorpresas y versiones rockeras, la siempre solvente y fiestera Bud Spencer Band echó mucha más madera. La dentellada final la dio en el patio Mordisco, pero no nos fuimos antes de pegarnos el último baile en un Molino que parecía gigante, justo antes (¿o después?) del amanecer.