No soy de los que van a un concierto con ánimo de pegar botes,escupir al prójimo o simplemente dejar que me pisoteen porque es lo guay. Tampoco voy en plan enterado de rockservatorio a flipar con los solos y la técnica músico vocal de los que están encima del escenario. Intento que en cada concierto, esa misma gente que está con sus instrumentos me transmita algún tipo de sensacióno de emoción, sin importar lo virtuosos que sean o dejen de serlo. Esto me ha ocurrido en contadas ocasiones: el año pasado con Tortoise y en lo que va del 97, las dos veces que he acudido a la cita con MantaRay. Esta actuación tenía como motivo especial la presentaciónde la migraña enfermiza que han grabado en compañía de Javier Corcobado -“Diminuto Cielo”- y de la que están haciendo una pequeña gira, que según ellos mismos, es difícil por no decir imposible, que se repita sobre un escenario. Así que si no estuviste y tienes ocasión de presenciarlo, no lo dudes más,  tus nietos te lo agradecerán cuando todo esto sea historia. Sin concesiones a la audiencia comenzó un viaje que duro lo justo: una hora y sin propinas. Empezaron sintonizando su emisora particular,-“Radio”- y más de uno se puso en órbita fuera de este mundo a medida que los sonidos etéreos y de dulce pesadilladel theremin magnetizaban las canciones que interpretaba Corcobado, sobrio y distante, con cara de pocos amigos y dejándose el alma por los suelos, como se pudo comprobar en su personal calvario de “Ghetsemani”. Poco necesita para extraer de cada canción lo más podrido que lleva dentro de sí: una baqueta, un paquete de cigarrillos y su inseparable guitarra “Tormenta”. Manta Ray, por su parte, están perfectamente compenetrados y la inclusión de un percusionista diestro en el vibráfono, enriquece con nuevos matices unos temas que en el disco saben a poco, pero que en directo cobran vida por cuenta propia, resultando difícil separar las horas de ensayo de la improvisación controlada, como en ese tramo final del viaje, tras “El Crack”, donde se produjo un intercambio de instrumentos en las filas del grupo que poco a poco diluyó en el espacio tres mil seiscientos segundos de sonidos y algo más. Volviendo al principio. En esto de la música distingo entre dos clases de actuaciones: el concierto a secas, normalito y corriente y el DERRAME CEREBRAL que me sumerge en la más placentera de las catatonias. Pocas veces me pasa. Este año van dos.