La segunda visita de los británicos Arctic Monkeys a Barcelona vino precedida por un revuelo importante: entradas agotadas desde semanas atrás, sobredosis mediática, fans esperando ansiosos la cita y montones de detractores afilándose las uñas. Una vez pasada la ola, nada mejor que meditar sobre lo vivido. Los cuatro de Sheffield no ofrecieron el mejor de sus conciertos posible, aunque sí uno más que digno para ser unos chavales de diecinueve años que se han visto atrapados en el ojo de un huracán, algo comparable (aunque a un nivel más modesto) a lo que le ocurrió durante meses a los andaluces Lori Meyers, quienes han necesitado meses y muchos conciertos para empezar a sonar como una banda de verdad. En todo caso, Alex Turner y sus muchachos no consiguieron dejarme sin aire como cuando pude verles en una sala pequeña, pero sí demostraron que lo único que les preocupa es pasárselo bien y hacérnoslo pasar bien con su rock rocoso y con una retahíla de hits que no lo parecen, mayor incluso a lo que imaginábamos. Una hora y diez directa y sin bises, guitarras guarras y despreocupadamente torpes, un bajo (Andy Nicholson se ha tomado un descanso) y una batería que mantienen el peso, y una actitud de tipos corrientes, precisamente lo que siguen siendo pese al éxito. No son la salvación del rock –no lo son en disco, no lo son en directo-, pero continúan molando.