En este Madrid de hoy, todavía tan apocado para algunas cosas, lo de bailar sigue costando, más aún si el escenario es un teatro tan coqueto como el Lara. Tuvo que ser David Rodríguez quien, con esa sorna tan suya (“Venga, que sois unos rancios, vamos con un poco de bakalao”), invitase al personal a levantarse de los asientos. Lo hizo en “Poderes extraños”, dentro de un final eufórico que se prorrogó en los bises con “Sentido común” y el contagioso estribillo en bucle de “A veces ni eso”, recorriendo en sentido inverso los tres últimos trabajos de La Bien Querida. Inmediatamente antes había sonado “De momento abril”, cambiando los arreglos aflamencados de hace años, cajón incluido, por un poderoso cuerpo electrónico. Eso sí, las palmas -desde el otro lado del escenario- no faltaron, encajando como podían entre los sintetizadores, síntoma de que, pese a todo, la realidad pasada de la Bien Querida y el momento actual pueden convivir sin necesidad de que se produzca el cisma de occidente.

Esto, decíamos, fue en el cierre del concierto para presentar “Premeditación, Nocturnidad y Alevosía”, pero desde el principio ya se había evidenciado esa voluntad por adaptar todo su repertorio a las formas impuestas desde “Ceremonia”. Lo hicieron primero en “Hoy”, aunque la voz un tanto empastada no brillase tanto como lo haría luego. Entre los ‘peros’ que habría que poner estaría también la falta de volumen en algunos momentos y, sobre todo, el hecho de que algunas de las joyas de su trabajo más recientes quedaran un tanto escondidas. Cierto que son muchas y que de algún modo hay que encajarlas, pero “Música contemporánea” sonó un tanto descontextualizada, cuando su acento bailable y ese regusto tan claro a Franco Battiato podría haber tenido mejor encaje algo más tarde. Algo parecido cabría decir de los temas de “Nocturnidad”, de manera que la fatalidad y los aires de nuevo gótico quedaron relegados a un papel secundario; el amenazante resentimiento de “Crepúsculo” estuvo ahí, igual que la gélida suciedad de “Ojalá estuvieras muerto”, con intensidad total (pero sin el inquietante speech de David Rodríguez); faltó en cambio la soberbia “Carreteras secundarias”, con la sensación que en directo este tramo aún debería ganar peso.

Todo lo demás, y es mucho, funcionó como un reloj, con el concurso inapelable de Frank Rudow y con Ana y David cada uno en su papel. Unos (pocos) pasos de baile por aquí, una generosa ración de humo por allá, unas resultonas luces como telón de fondo y, por encima de todo, un repertorio cada vez más sólido. La seguridad que transmiten era casi una utopía hace unos años, cuando las grandes canciones de “Romancero” (y también de “Fiesta”) adelgazaban en directo. Ahora ocurre todo lo contrario. “Alta tensión”, brazo en alto en sus “no te quiero”, fue la mejor demostración del poderío actual, igual que luego “Los Picos de Europa” o “Muero de amor”, canción que se ha convertido ya en un nuevo himno y que Ana Fernández-Villaverde interpretó con una fuerza inédita, sin dejarse nada; así las cosas, “9.6” se quedó a renglón seguido como si apenas fuese un ensayo de lo que estaba por venir (ese pletórico fin de fin de fiesta que comentábamos arriba), aunque antes llegase también la ochentera “Disimulando”, otro de los hitos de una noche sin demasiada fatalidad, pero con mucho amor. Y están las cosas como para no quererse.