Teniendo en cuenta la velocidad a la que se desarrollan los acontecimientos y la celeridad con la que las carreras de los grupos se van al traste en la actualidad, referirse a Coldplay -con sólo dos álbumes en el mercado- como los nuevos U2 me parece de una obscenidad excesiva. De todos modos, apuntan buenas maneras en ese sentido. Porque los de Chris Martin -un auténtico frontman, de esos que incluso gustan a las madres- se muestran cómodos como pocos en las largas distancias, aparcando la oscuridad de maestros directos como Echo & The Bunnymen y optando por el pop mesiánico de grandes recintos de Bono, Edge, Clayton y Mullen. Y eso no lo consiguen metiéndose en camisas de once varas, sino que Coldplay son sencillamente Coldplay, con sus más (un puñado de excelentes canciones) y sus menos (algunos patinazos como “One I Love”, cara B de “In My Place”). Sin alejarse ni un ápice de esa máxima que apunta que los grupos británicos no se dejan nunca la piel en la interpretación, pero mostrándose eficaces, compactos y, por encima de todo, realmente efectivos y sinceros en todo momento, Coldplay transmiten donde otros dibujan sonrisas de compasión (¿hace falta que citemos a Travis?) y nos contagian con la magia de sus composiciones -y no hablamos sólo de “Yellow”-. Por eso, aunque resulte más sencillo vibrar al son de “In My Place” con pasmosa facilidad, todos sabemos que Coldplay son grandes gracias a “The Scientist”, “Politiks” o “Don´t Panic”. Antes estuvieron Feeder, de directo convincente, pero canciones peligrosamente anodinas.